Cada vez que mi español escrito se encuentra por debajo de cierto nivel, aparecen líneas onduladas rojas y verdes, como por arte de magia, para mostrarme dónde están mis deficiencias.

A veces agradezco el consejo, pero otras veces me engrifo. El ordenador podría pensar que sabe más que yo, pero, oye, ¿tal vez lo hecho mal a propósito? Ah, aquí vamos otra vez: «El verbo pasado participio “hecho” se ha utilizado sin un verbo auxiliar», dice mi atento asistente automatizado, notando de inmediato que algo está gramaticalmente mal. Pero su enfoque arrogante y de tolerancia cero me molesta.

¿Entonces lo hecho entendido mal? Como quieras.

Yo hecho comido una tortilla. Yo hecho ido a la lavandería. Colocar la palabra «hecho» antes de un verbo en pasado participio me hace feliz por razones que no puedo explicar en su totalidad. Lo hago mucho, en parte por gusto propio y, por otra parte, con la esperanza de que sea apreciado por otras personas a las que les guste la forma en que el lenguaje puede estirarse y llevarse a formas ridículas.

Pero aparte de la leve diversión que produce este tipo de cosas, también lo hacemos para dar a nuestras oraciones un significado y un tinte que no puede transmitirse mediante el español «adecuado», el español estándar, el mismo que entiende el ordenador. Saltarse con descuido y despreocupación las tan estrictas reglas de ortografía, puntuación y gramática, a menudo puede ayudar a comunicarnos de una forma más efectiva, con brío, ingenio y talento.

No te faltarán ejemplos en internet, donde los servicios de mensajería, los foros en línea y las redes sociales están llenos de millones de hermosos y perfectamente intencionales errores gramaticales. Vivimos en un mundo maravilloso donde una vez la palabra «ZOMG» se aceptó como expresión de sorpresa a modo de burla, simplemente porque la gente pulsó accidentalmente la Z en lugar de la tecla MAYÚS antes de escribir «OMG» (Oh My God [oh, Dios mío]). Dicho error común condujo a una imitación irónica, que a su vez llevó a que ZOMG se incorporara de forma silenciosa, casi por necesidad, a un lenguaje que nunca ha tenido una forma oficialmente aprobada para denotar el sarcasmo.

A lo largo de los años, varios lingüistas han intentado abordar dicha omisión con varios símbolos (como el signo de interrogación invertido o el signo de exclamación invertido en inglés) pero nada funciona mejor que romper las reglas de forma buena y honesta: mayúsculas excesivas, «comillas» metidas con calzador u ortografía mal escrita a propósito.

Ni siquiera el artículo definido «The», la palabra más común en el inglés, puede evitar ser maltratado por personas que intentan expresarse. «TEH se puede usar frente a un verbo en una nueva forma de gerundio», nos informa Wikipedia, «y tiene la capacidad de convertir casi cualquier palabra en un sustantivo intensificado. Por lo tanto, la frase “this sucks” (esto apesta) se puede convertir en “this is teh suck” (esto es la peste)».

(Mi ordenador subraya la palabra «teh». Lo ignoro. Se siente bien).

Los académicos se encuentran divididos en casos como este. Mientras que algunos profesores pueden descartar la «taquigrafía sombría, calva y triste» de la comunicación en línea, otros creen que nuestro retoque gramatical está marcando el comienzo de una nueva era de experimentación y mayor claridad.

En 2009, Andrea Lunsford, profesora de inglés en la Universidad de Stanford, analizó miles de fragmentos de texto de estudiantes universitarios durante un período de cinco años (ensayos, correos electrónicos, conversaciones en línea) y ha concluido que estábamos experimentando una revolución literaria «de una magnitud similar a la que se vio en la civilización griega».

Nuevos matices de significados

Ella creía que los estudiantes se estaban volviendo más hábiles para adaptar los mensajes a su audiencia y a los diversos medios que utilizaban. En lugar de saquear al lenguaje, cada vez se comunicaban y se entendían mejor. Y, si ese proceso ha fracturado algunas de las reglas de la gramática y la puntuación, ¿se tratará de algo muy malo?

En 1989, el lingüista Michael Halliday ha descrito dos enfoques contrastantes para la puntuación: o lo haces según la gramática o según la fonología.9*88/*- En otras palabras: un enfoque sintáctico, donde te adhieres a las reglas establecidas en los libros de texto de gramática, o un enfoque prosódico, donde tu puntuación se guía por la forma en que suenan las palabras cuando se leen en voz alta.

Sin embargo, en los últimos treinta años, la comunicación en línea ha arrojado un tercer método más alegre, donde la puntuación (o la falta de la misma) se utiliza para crear nuevos matices en los significados. No todo es intencional, por supuesto. El mensaje sin aliento y sin signos de puntuación, que recibimos de alguien que envía mensajes de texto mientras intenta coger un tren, es consecuencia del estrés, mientras que el tweet, que el millennial super-guay «no puede molestarse en puntuar», está construido para transmitir una cantidad justa de indiferencia. Se ven muy similares, y no contienen ningún punto, pero por razones muy diferentes.

El papel cambiante del punto final, ha sido motivo de lamento en los medios en varias ocasiones, con escritores que proclaman «la muerte del punto final» y se preguntan cómo la sociedad podría afrontar la caída.

La respuesta, por supuesto, es «bien». Liberados de la obligación de usarlos al final de cada oración, nos divertimos un poco con ellos, desplegándolos para que la frase tenga una pizca de molestia («Nos vemos esta noche» frente a «Nos vemos esta noche.») o dejándolos de lado para agregar un poco de impaciencia («¿Qué hay para cenar?» frente a «Qué hay para cenar»).

En 2015, en el Washington Post, la escritora Rachel Feltman señaló que el punto final ya no es la forma correcta de terminar una oración, sino «un acto de guerra psicológica contra tus amigos». Otro escritor, Ben Crair, tenía su propia interpretación de las sutilezas de las comunicaciones del siglo XXI: «Podrías enloquecer tratando de descifrar los mensajes ocultos en la puntuación de las otras personas». Y tiene toda la razón. El estilo gramatical de los mensajes puede transmitir tanta información como el contenido del mismo. Cualquiera que haya estudiado la cantidad precisa de besos anexados a los mensajes entre él/ella y una persona con la que están saliendo, sabrá exactamente de qué está hablando Crair.

Punto final. O no.

Con los puntos finales descartados de forma intencional y las oraciones chocando entre sí con alegría despreocupada, las letras mayúsculas tienen una variedad de roles emocionantes alternativos por desempeñar, que incluyen GRITAR CON RABIA o Indicación Sarcástica De Que Algo Es De Gran Importancia.

Por suerte, hemos conseguido escapar en gran medida de LA ERA EN LA QUE LAS PERSONAS NUEVAS CON LOS ORDENADORES ESCRIBÍAN MENSAJES QUE PARECÍAN UN TELEGRAMA. Hoy en día es más común que la gente no utilice mayúsculas en absoluto. Aunque aquellos dedicados a la causa de las minúsculas, a menudo pueden encontrarse luchando contra el software de autocorrección que podría insistir en que llame a Stuart «Stuart», incluso si prefiero mantener a Stuart en su sitio llamándolo «stuart».

La coma también ha sufrido una purga. De vuelta en 2014, un profesor de inglés en la Universidad de Columbia, John McWhorter, ha sugerido que la eliminación de las comas resultaría en «tan poca pérdida de claridad, que incluso debería abrirse un caso para que no se usen más comas», pero no es como si necesitáramos de algún estímulo. Aprovechamos la oportunidad con nuestros pulgares e índices. «me quedan un par de mp3 en mi colección que he descargado en mi primer semestre de la uni en 1999 y todavía los prefiero por encima de las buenas copias para evocar recuerdos raros aunque sean empíricamente menos buenos para escucharlos», tuiteó un amigo la otra noche, dejando la coma a un lado y dando a los lectores la oportunidad de insertar sus propias pausas, en caso de que quieran hacerlo.

La lingüista Gretchen McCulloch, quien tiene un libro sobre la forma en que usamos el lenguaje en internet, ha explorado, en un artículo de 2015, cómo una ausencia fluida de signos de puntuación puede comunicar «sarcasmo inexpresivo engañoso» (por ejemplo, «Ya sé la respuesta a este pregunta pero voy a decirla de todos modos» o «Podría estar esperando a que te rías pero definitivamente no te lo estoy pidiendo»).

Las oraciones pueden ser imbuidas muy fácilmente con inexpresión cómica en minúsculas («la parte más triste de los coches sin conductor será todas las veces que las personas mueran a mitad del viaje y veas como tus invitados o el chico de la pizza llegan muertos» – @bourgeoisalien), y ves escritores haciéndolo todo el tiempo en internet. Saben dónde van los puntos, las comas y las mayúsculas, pero eligen dejarlos fuera, el equivalente lingüístico de encogerse de hombros o levantar una ceja.

Gramática en la era de internet

Evidentemente, no somos los primeros en jugar con la gramática de manera imprudente. James Joyce o E.E. Cummings habrían rechazado la asistencia gramatical ofrecida por Microsoft Word, dirigiéndose directamente a Preferencias y desactivando las líneas onduladas. Pero la naturaleza informal de la comunicación en línea ha traído consigo una libertad lingüística que arroja de forma constante nuevas peculiaridades estilísticas.

Las etiquetas HTML son una forma geek, pero ampliamente conocida, de comentar mensajes con subtexto, y se podrían escribir tesis completas (y probablemente ya se hayan escrito) sobre emoticones y emoji.

¡Luego! ¡Tenemos! ¡Los! ¡Signos! ¡Exclamativos! (o, que Dios nos libre, los emoji de aplausos) ¡Entre! ¡Cada! ¡Palabra!

Las abreviaturas son endémicas, «gcs» o «grax», o thx/ty en inglés, son ahorradores de espacio maravillosos, sin lugar a dudas, pero algo como «o rly?» (¿o rlmente?) transmite con éxito una exasperación que «oh really?» (¿en serio?) nunca esperaría alcanzar.

Y esas cosas adquieren un nuevo significado a lo largo de su vida útil. A finales de la década de 1990, en Usenet, la abreviatura «HTH HAND» (hope that helps, have a nice day [espero que eso te ayude, te deseo un buen día]) ha terminado tan cargada de sarcasmo fulminante, que temías recibirla.

Tenemos que dar las gracias a la tecnología por estas nuevas peculiaridades. Los pequeños teclados en las pantallas fomentan un cierto minimalismo gramatical, pero al mismo tiempo, los emoji y sus allegados han ampliado nuestra paleta de expresiones de formas que nunca podrían haberse previsto.

Los saltos lingüísticos imaginativos que hacemos cada vez que se presenta una nueva tecnología, nos mantienen un paso por delante de los ordenadores que permiten dichos saltos. Los ordenadores están diseñados para recordar las reglas, y nosotros estamos diseñados para romperlas.

«El lenguaje se trata de tener una manera de comunicarse que se adapte a tu propósito», dijo la profesora Louise Ravelli, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en una entrevista con el Sydney Morning Herald en 2014. «Las personas encontrarán una manera de expresarse, sin importar si se trata de la forma técnicamente correcta para hacerlo. La comunicación se trata de funcionalidad. Si alguien no puede hacerse entender, trabajará en ello hasta que lo entiendan».

En ese sentido, la imposición de estándares gramaticales en la era de internet parece un poco ridícula. ¿Por qué alguien nos diría cómo comunicarnos adecuadamente cuando lo estamos haciendo tan bien? Pero no podemos olvidar lo que se nos ha dicho que es correcto. Motivo por el cuál una tilde mal colocada aún puede verse horrible, y podemos juzgar a aquellos que se equivocan y, luego, expresar con enojo nuestro descontento en las redes sociales mientras cometemos errores gramaticales propios (un excelente ejemplo de lo que se conoce, por razones obvias, como la «Ley de Muphry»).

Las reglas están cambiando

Cada generación piensa que la subsiguiente está empeñada en despojar, degradar y destruir el lenguaje con el que crecieron. Muchos de nosotros podemos sentir que estamos siendo conducidos apresuradamente a un sitio desagradable donde «asqueroso» significa «maravilloso», y «bromas» significa «insultos». Sin embargo, soy igualmente responsable de ayudar a cambiar el significado de «desinteresado» a «poco interesado», y aparentemente también he estado abusando de la expresión “con suerte” durante la mayor parte de mi vida adulta.

La gramática tiene sus usos. No vamos a abandonar repentinamente los espacios entre las palabras, ni volveremos a los textos de la Europa anterior al siglo IX, dondetodaslasletrasseagrupaban. Pero la comunicación masiva nos ha hecho más conscientes de las cosas que importan y de las que no.

En 2014, me ha dolido enterarme de que el Ayuntamiento de Cambridge estaba eliminando los apóstrofos de los letreros de las calles (supuestamente para evitarle confusiones a los servicios de emergencia) y me sentí complacido cuando revirtieron su decisión, pero tal vez es hora de reconocer que nos estamos metiendo en un mundo donde los apóstrofos y las comas son opcionales, y donde el punto final va por el camino del calderón (¶).

La gramática está en constante evolución y, fuera del cuarto de exámenes, se nos permite expresarnos como queramos. Son esos tics gramaticales erráticos, contundentes, afectuosos o divertidos, los que hacen que la comunicación moderna sea tan fascinante. Incluso si el ordenador dice que nosotros lo hecho mal.