De la ciencia ficción a la realidad: La búsqueda de un traductor universal

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A pesar de que la tecnología se empeñe en no proporcionarnos aeropatines, DeLoreans que viajen en el tiempo o hidratadores de pizza, muchas de las invenciones de la ciencia ficción han terminado convirtiéndose en realidad.

En el siglo XIX, el visionario escritor Julio Verne describió redes mundiales, informativos y videoconferencias, nos hizo viajar a las profundidades del océano en submarinos (1870) y nos envió a la luna en módulos lunares proyectados (1865).

H. G. Wells ideó un rayo de calor similar a nuestros láseres contemporáneos en La guerra de los mundos (1898), audiolibros y correo electrónico en Hombres como dioses (1923) y bombas atómicas (1914) en El mundo liberado. Las primeras tarjetas de crédito aparecieron en una novela utópica socialista de 1888 escrita por Edward Bellamy.

Ya hace tiempo también que las supercomputadoras aparecieron en escena. En la famosísima 2001: Una odisea espacial, basada en una historia corta escrita en 1950 por Arthur C. Clark, HAL 9000 era un ordenador sensible capaz de reconocer la voz, procesar el lenguaje natural, razonar de forma automática e incluso asesinar: «Lo siento, Dave, me temo que no puedo hacer eso ». Y nos hemos maravillado al contemplar cómo el Profesor X era capaz de aumentar su capacidad telepática gracias a Cerebro (1964) para poder detectar ondas cerebrales mutantes en todo el mundo.

Cuanto más buscamos, más encontramos. Aunque se considera que Frankenstein, de Mary Shelley, es la primera novela que consolidó este género , la falta de consenso en cuanto a lo que verdaderamente es la ciencia ficción hace que sea muy difícil determinar cuándo surgieron exactamente este tipo de relatos. Algunos opinan que su origen se remonta a la novela alegórica de 1616 La boda química, escrita por Johann Valentin Andreae , una búsqueda alquímica que comienza con una invitación a una boda real (sin embargo, tal y como han señalado algunos autores, entre ellos Adam Roberts, es muy improbable que la alquimia pueda considerarse una ciencia).

Para otros, el origen se encuentra en la utópica La nueva Atlántida, una novela inacabada de Francis Bacon publicada en el año 1627 , o en Utopía, publicada en 1516 por Thomas More, que fue quien acuñó el término. Incluso podemos ir más allá y fijarnos en la obra irónica Una historia verdadera. En esta sátira del siglo II d. C. escrita por Luciano de Samósata, los personajes se pierden en islas exóticas (una de ellas hecha de queso), viajan a la Luna (donde se ven inmersos en una guerra entre los habitantes de la Luna y el rey del Sol), quedan atrapados dentro de una ballena gigante y conocen a criaturas míticas como los legendarios Homero y Heródoto. Vamos, lo que suele ocurrirle a uno a diario.

Independientemente de cúal sea su origen, este género está profundamente arraigado en la narrativa mitológica, la especulación sobre los motores invisibles del mundo, el miedo a lo desconocido y las distintas visiones del futuro.

Camarero, tengo un pez en el oído

Hay un sueño específico que se repite de forma recurrente en la ciencia ficción moderna. Se mencionó por primera vez en 1945, en la novela Primer contacto. Desde entonces, ha aparecido en innumerables obras de ciencia ficción: como un dispositivo en Star Trek, como un campo telepático en la TARDIS del doctor Who o como una increíble criatura en forma de pez en la Guía del autoestopista galáctico.

Sí, estamos hablando del «traductor universal», un aparato que elimina las barreras idiomáticas de la comunicación extraterrestre mediante la traducción (o, menos comúnmente, la interpretación) instantánea de mensajes en cualquier idioma, lo cual tiene un enorme mérito si tenemos en cuenta que solo en la Tierra hay unas 7000 lenguas diferentes.

No resulta sorprendente que el traductor universal sea tan popular. En un mundo conectado, el idioma es, posiblemente, la última barrera de comunicación. Es lo que nos impide aprovechar todo el conocimiento de la humanidad, lo que nos frena a la hora de lograr un entendimiento universal.

La invención de la ciencia ficción que más me gusta es la del traductor universal de Douglas Adam, aunque, probablemente, sea la más extravagante de todas. Como él mismo explica de forma elocuente:

El pez Babel es pequeño, amarillo, se parece a una sanguijuela y, probablemente, es la criatura más rara del universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de la energía procedente de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Después, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada al combinar las frecuencias del pensamiento consciente con las señales nerviosas recogidas de los centros del lenguaje del cerebro que las han suministrado.

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El resultado práctico de todo esto es que, si uno se mete un pez Babel en el oído, puede entender al instante cualquier cosa que se diga en cualquier lenguaje. Los patrones lingüísticos que realmente se oyen descodifican la matriz de la onda cerebral que el pez Babel ha introducido en la mente.

No han sido pocas las noticias que han aparecido anunciando la invención de un traductor universal real por parte de algún gigante tecnológico. Recientemente, Google lanzó los auriculares Pixel Buds, que utilizan la tecnología tanto del teléfono inteligente Pixel como de Google Translate y Google Assistant. Además, el traductor de Microsoft afirma que puede traducir al instante conversaciones entre personas con la ayuda de un móvil inteligente, y la exitosa campaña de Indiegogo para crear un dispositivo similar obtuvo una financiación del 3181 % y consiguió recaudar el primer millón en solo dos horas.

No hay duda de que existe un fuerte deseo e incluso una necesidad extrema de poder disponer de esta tecnología. Pero, antes de que te lances a por la tarjeta de crédito, es necesario que moderes tus expectativas. En primer lugar, ninguno de estos dispositivos tiene en cuenta el contexto cultural y las idiosincrasias, las señales no verbales y otros matices del lenguaje que las máquinas desconocen, pero los lingüistas son capaces de captar rápidamente.

Y, en segundo lugar, estos dispositivos son tan limitados como la traducción automática y el reconocimiento de voz que utilizan para llevar a cabo su función, ya que, a pesar de todos los avances experimentados en las últimas décadas, existen cuestiones fundamentales que aún no se han resuelto.

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Mas allá del lenguaje

La idea detrás de un dispositivo que analiza oraciones y genera traducciones que envía a través de un auricular no es complicada, pero aún se basa en el lenguaje, y debemos plantearnos si esa es la forma más eficiente de comunicarse. Está claro que le debemos todo lo que tenemos al lenguaje. Facilitó la cooperación colectiva que dio origen a las complejas estructuras sociales que sustentan las sociedades e instituciones que tenemos hoy en día.

En su superventas Sapiens, Yuval Noah Harari habla sobre la importancia de estos mitos:

«Este «pegamento» misterioso está hecho de historias, no de genes. Cooperamos eficazmente con personas a las que no conocemos porque creemos en cosas como dioses, naciones, dinero y derechos humanos. Sin embargo, ninguna de estas cosas existe fuera de las historias que las personas inventan y se cuentan entre sí. Los dioses, las naciones, el dinero o los derechos humanos solo existen en la imaginación común de los seres humanos. Nunca podrás convencer a un chimpancé de que te dé un plátano prometiéndole que, después de que muera, podrá comerse todos los plátanos que quiera en el cielo de los chimpancés. Solo los seres humanos pueden creerse tales historias. Por eso gobernamos el mundo, y los chimpancés están encerrados en zoológicos y laboratorios de investigación».

Wait But Why, el sitio web de Tim Urban, concuerda con esta idea al afirmar que el lenguaje permitió que el conocimiento colectivo avanzase a un ritmo sin precedentes. Sin embargo, en su obra maestra de casi 40 000 palabras sobre Neuralink (otra ocurrencia de Elon Musk), señala que, cuando nos comunicamos, estamos utilizando una tecnología que cuenta con 50 000 años de antigüedad. La misma especie cuyos integrantes reemplazan sus teléfonos inteligentes por modelos nuevos y más atractivos cada dos años, aproximadamente.

El lenguaje no es una forma de comunicación rápida y sin pérdidas. En el proceso de comprimir los conceptos y los conocimientos en el habla, perdemos el contexto, la intención, los matices y todos esos otros metadatos útiles que darían una imagen mucho más amplia al receptor.

Después, el receptor tiene que averiguar qué hacer con los datos incompletos que ha recibido, y recomponerlos de forma que puedan representar el contenido original. Pero, la mayoría de las veces, la pérdida es irrecuperable. Incorporamos esos datos parciales en nuestro conjunto de ideas preconcebidas y campos de experiencia, y el mensaje adquiere un significado que, a menudo, es muy diferente del original.

No es de extrañar que nos peleemos constantemente por tonterías sin sentido.

Esto es, eso sí, una gran simplificación. La relación entre el conocimiento y el lenguaje es mucho más compleja que cualquier algoritmo de compresión, y ha sido objeto de discusión durante milenios.

Los conductistas como Skinner creen que el aprendizaje lingüístico es un proceso de refuerzo en el que recibimos una recompensa por ser capaces de comunicar nuestras necesidades de una forma más eficaz (por ejemplo, llorar y quejarse no es tan efectivo como preguntar de forma tranquila: «Mamá, ¿podrías traerme un poco de agua?»). Sin embargo, autores como Chomsky o Greenberg creen que los diferentes idiomas comparten un conjunto de elementos lingüísticos universales, y que nacemos con «dispositivos de adquisición del lenguaje» que se desarrollan sin que sea necesario recibir ningún tipo de enseñanza.

Los partidarios de la controvertida teoría whorfiana creen que el lenguaje afecta o, lo que es más controvertido, incluso determina la forma en la que pensamos y, por lo tanto, las personas de diferentes países perciben el mundo de una manera distinta. Por otro lado, autores como Gentner consideran que el lenguaje es una de las herramientas cognitivas de las que disponemos, un instrumento que nos permite crear un sistema semiótico para dar sentido a este mundo y propiciar un «conocimiento de orden superior».

Chomsky, por ejemplo, sugiere que, en un sentido evolutivo, el propósito principal del lenguaje ni siquiera es la comunicación, sino la representación del pensamiento.

Cuando Wiktor Osiatynski le preguntó acerca de las formas no lingüísticas de pensamiento, Chomsky respondió lo siguiente:

«El análisis de las estructuras lingüísticas podría ayudar a comprender otras estructuras intelectuales.

 

 

Ahora bien, no creo que exista ninguna evidencia científica sobre la cuestión de si pensamos únicamente a través del lenguaje o no. Pero la introspección indica claramente que no siempre utilizamos el lenguaje para pensar. También pensamos mediante imágenes, a través de situaciones y acontecimientos, etc. Y, muchas veces, ni siquiera somos capaces de expresar con palabras cuál es el contenido de nuestro pensamiento. E incluso si somos capaces de expresarlo con palabras, es muy habitual que, después de hacerlo, nos demos cuenta de que no era eso lo que queríamos decir, sino otra cosa.

 

¿Qué significa esto? Que existe una especie de pensamiento no lingüístico que intentamos expresar a través del lenguaje, y sabemos que a veces fallamos».

Este fenómeno explica al menos la mitad de mis interacciones antes de las 10 de la mañana. Pero, ¿qué pasaría si pudiéramos crear un dispositivo que tradujera conceptos e imágenes no lingüísticas que pudiesen transmitirse directamente al cerebro de otra persona?

Año 2049 d. C.

A los ingenieros de Unbabel les gusta imaginarse un futuro no muy lejano en el que acabaremos de presentar nuestra nueva línea de nanopíldoras, compuestas por una serie de nanobots que circulan a través del torrente sanguíneo y facilitan la interconexión entre los cerebros gracias a la utilización de la IA y el conocimiento humano.

Podremos comunicarnos mediante un sistema descentralizado y sin pérdidas que transmita emociones a través del análisis hormonal y de neurotransmisores y traduzca los conceptos en imágenes que se transmitan directamente al cerebro del receptor.

Tendremos a nuestra disposición implantes de amplificación que nos permitirán comunicarnos instantáneamente con cualquier persona de cualquier lugar. Podremos transmitir terabytes de información en fracciones de segundo.

Simplemente, conoceremos esos datos.

Una enorme red de personas bilingües de todo el mundo descodificará instantáneamente esta información y proporcionará un contexto cultural a través de la red neuronal que, básicamente, reducirá el coste de la traducción a 0, lo cual permitirá a las PYME, la columna vertebral de la economía moderna, prosperar y desencadenar una ola de crecimiento económico que será responsable de la creación de empleos y de la generación de ingresos, así como de la innovación, el desarrollo local y la sostenibilidad en países tanto desarrollados como en vías de desarrollo.

Gracias a la eliminación de las barreras idiomáticas y al acceso universal a todo el conocimiento de la humanidad, comenzará una época de esplendor para la investigación científica y la colaboración mundial. Se harán grandes esfuerzos para revertir la crisis climática, se abandonarán completamente los combustibles fósiles, y comenzaremos a aprovechar y a dominar las energías limpias con la ayuda de los satélites de energía solar, lo cual permitirá que evolucionemos a una civilización Kardashev tipo I.

Incluso podremos comunicarnos con los animales ( y decirles por fin a nuestros perros cuánto sentimos haberles pisado la cola).

Por supuesto, la seguridad sería un problema importante. A medida que la tecnología se generalizase, los piratas informáticos intentarían manipular constantemente los nanobots y acceder a la información sensorial de entrada y salida de las personas. Como es natural, esto haría que los riesgos fuesen mucho mayores. Podrían crear nuevos recuerdos, modificar pensamientos, reconfigurar nuestros pilares fundamentales y modificar todo aquello que define quiénes somos y por qué hacemos las cosas que hacemos (estad atentos, porque seguro que nos esperan capítulos aún más raros de Black Mirror).

Para mitigar esto, las comunicaciones tendrían que estar sujetas a niveles cada vez más altos de cifrado de extremo a extremo. Para ello, debería hacerse una distribución segura de claves de sesión simétricas que se generarían de manera segura mediante el uso de criptografía de clave pública resistente a la cuántica.

Nuestro sistema de trabajo también cambiaría de forma radical. Se parecería a una red neuronal del cerebro compuesta por nodos descentralizados a través de los cuales viajaría la información. Los seres humanos ya no intervendrían únicamente al final de proceso, sino que proporcionarían información y contexto durante cada una de las fases.

Lo cierto es que no sabemos realmente lo que nos depara el futuro. Es posible que terminemos viviendo una pesadilla en la que el mundo estará regido por los bitcoines; los gobiernos se desmoronarán, y los que hayan conseguido acumular muchos bitcoines construirán fortalezas para protegerse de las masas convulsas que no los tengan.

Cuando se trata de profecías y evaluaciones de tendencias, Alan Kay no pudo haberlo explicado mejor:

«La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo».

Lo único que puedo decir es que estamos trabajando en ello.

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