Seguro que te sabes la historia tan bien como yo.

Era una fría pero clara noche de abril de 1912. Un lunes, ya casi martes. A miles de kilómetros de su patria y a unos dos mil de su destino, el barco más grande que jamás se había construido hasta entonces se encontraba realizando su viaje inaugural. Dicen que su capitán pensaba que el barco era insumergible, pero la cita no es exacta (citas más fidedignas aquí y aquí).

A las 23:39, un marinero llamado Frederick Fleet vio un iceberg. Telefoneó al puente de mando para decir estas tres palabras:

«¡Iceberg a proa!».

El barco era, obviamente, el RMS Titanic. Y como ya sabes, la advertencia de Fleet no pudo salvarlo. Fleet sobrevivió a la tragedia. Muchos otros no lo hicieron. Conoces la historia tan bien como yo. Ya sabes cómo termina.
La advertencia de Fleet era clara, objetiva y concisa. Es un ejemplo clarísimo de comunicación perfecta. Es el tipo de escritura que enorgullecería al legendario redactor David Ogilvy, un amante de las «palabras cortas, las oraciones cortas y los párrafos cortos».

Pero no todos lo hicieron tan bien esa noche.

He tenido la ocasión de leer la transcripción completa de los mensajes intercambiados entre los barcos que había por la zona esa noche.
Y esta es una parte de la historia que quizá aún no conozcas.

Así que déjame contarte lo que sucedió.

Media hora después del impacto inicial, el barco aún estaba enviando los telegramas de los pasajeros a sus familiares y amigos. Por ejemplo, uno dirigido a Harrison Sandford, de Nueva York: «Esta noche, cenaré contigo en espíritu. Mi corazón está siempre contigo». Los sistemas de comunicación del barco habían estado inactivos el día anterior, así que se había acumulado un gran retraso.

«Hace un tiempo maravilloso», decía, irónicamente, la última de estas notas personales. El siguiente mensaje era más serio:

«Vengan de inmediato. Hemos chocado contra un iceberg».

El Californian era el barco más cercano, pero su oficial de comunicaciones se había acostado temprano. Cuando los marineros fueron a avisarle, los ignoró.

Había varios barcos más que estaban lo suficientemente cerca como para oírlo. Comenzaron por «retuitear», digámoslo así, la llamada de socorro, es decir, retransmitieron la posición del Titanic y la difícil situación en la que se encontraba a otros barcos que estaban cerca. El Frankfurt. El Mount Temple. El Ypiranga. Cape Race, un faro cercano, siguió su ejemplo.

Lo que sucedió después fue un desastre total de comunicación. Los barcos comenzaron a enviarse mensajes para comprobar esta información («¿saben que Cape Cod dice que tienen problemas?»; «¿no oyen que Olympic les está llamando?») o para preguntar qué debían hacer a continuación («¿debo decírselo a mi capitán?»). E incluso después de que la mitad de los barcos hubiesen transmitido la posición del Titanic, la otra mitad aún estaba enviando mensajes al barco para solicitar dicha información.

Hay que recordar que todo esto se enviaba mediante telegramas escritos en código morse. Era una forma de comunicación increíblemente lenta, y los mensajes solo podían recibirse o transmitirse de uno en uno. Y cuando el Titanic comenzó a hundirse, el ruido del vapor y el aire a gran velocidad hicieron imposible que el Titanic pudiera escuchar ningún mensaje. Solo podía transmitir que necesitaba ayuda urgente, la posición en la que se encontraba y que no podía responder.

Casi una hora después de que el Titanic chocara contra el iceberg, el Frankfurt, el primer barco que recibió la señal de socorro del Titanic, preguntó (y no es broma): «¿Qué problema tiene?».

El Titanic había lanzado sus dos primeros botes salvavidas a la 1:03, en su mayoría ocupados por mujeres y niños. Se estaba hundiendo muy rápido. Las cosas se estaban yendo de las manos.

Los mensajes enviados por el Titanic eran cada vez más urgentes. Los otros barcos comenzaron a enviar cada vez más mensajes también. Es imposible saber si estos iban dirigidos al Titanic o a otros barcos, porque había tantas conversaciones en las líneas que comenzaron a bloquearse mutuamente. La comunicación se interrumpió. Todas las señales se anularon. Transcurrieron minutos preciosos durante los cuales ninguno de ellos pudo comunicarse con los demás.

Y aquí es donde intervino el Olympic. El Olympic era un buque gemelo del Titanic que pertenecía a la misma clase y compañía. Era un barco que llegaría a ser conocido coloquialmente como el Old Reliable (en español, el «viejo fiable»). Y aquí, años antes de su intervención en la Primera Guerra Mundial, donde recibió ese apodo, ya se lo había ganado.

«OLYMPIC A TODAS LAS ESTACIONES», transmitió. «DEJEN DE HABLAR. DEJEN DE HABLAR». Y así una y otra vez. «DEJEN DE HABLAR».

Cinco minutos después, los demás barcos recibieron el mensaje y se coordinaron. Dejaron de hablar y comenzaron a organizar una jerarquía de comunicación improvisada para poder transmitir sus posiciones entre sí únicamente cuando era necesario y organizarse así para el rescate. Algunos usaron el faro cercano, Cape Race, para coordinar.

Finalmente, el Titanic obtuvo el espacio necesario para enviar sus coordenadas, junto con las instrucciones: «Preparen todos sus botes salvavidas».

A la 1:30, el Titanic envió el siguiente mensaje: «No podremos aguantar mucho más». Minutos después, las salas de máquinas se inundaron. El barco se quedó sin electricidad.

A la 1:50, el Frankfurt se aproximó una vez más. «¿Pero qué es lo que ocurre?», preguntó de nuevo.
Jack Phillips, oficial superior de comunicaciones inalámbricas del Titanic, se había hartado de la actitud mostrada por el Frankfurt. «ES USTED UN ESTÚPIDO», respondió. (Los telegramas no tenían ningún sistema que diferenciase entre mayúsculas y minúsculas, pero podemos imaginarnos que pensaba en mayúsculas). «MANTÉNGANSE AL MARGEN».

Poco después, dejó de enviar mensajes.

El Carpathia llegó al naufragio a las cuatro de la madrugada. Salvó más de 700 vidas, pero el barco se había hundido, junto con el capitán, la banda y 1500 pasajeros. Una «gran pérdida de vidas», así es como The Guardian se refirió a esta catástrofe.

Se dice que Jack Phillips, el oficial encargado de las comunicaciones inalámbricas, logró llegar a uno de los botes salvavidas y mantuvo las esperanzas de sus compañeros de viaje diciéndoles los nombres de los barcos que habían respondido a la llamada.

«Aguantó hasta que amaneció», recordaba el oficial de ese bote salvavidas en su autobiografía. No obstante, momentos después de ver cómo se acercaba el Carpathia, Phillips perdió el conocimiento. Nunca llegó al Carpathia. Y nunca llegó a tierra.