Escándalo. Calamidad. Desastre.

Pocos describirían así un diccionario. Pero estas duras palabras se dedicaron al Webster’sThird New International Dictionary cuando se publicó, en el año 1961.

El diccionario, que tiene 2726 páginas y pesa alrededor de 6 kilos, es el resultado de una década de trabajo de Philip Gove y su equipo de lexicógrafos, y marca una importante ruptura editorial con respecto a la edición anterior y a los diccionarios tal y como se habían concebido hasta el momento.

Gove creía que los diccionarios debían ser descriptivos en lugar de preceptivos, es decir, que debían captar la forma en la que la gente usaba la lengua en lugar de decirles cómo usarla. Pero la vieja escuela no estaba de acuerdo. Críticos del New York Times, The New Yorker y The Atlantic, por nombrar algunos, publicaron editoriales mordaces en las que advertían de que el nuevo diccionario iba a acelerar el declive de la lengua inglesa y exhortaban a los lectores a que permaneciesen fieles a sus reaccionarios predecesores.

El Webster’s Second no tuvo ningún reparo a la hora de juzgar el uso de la lengua inglesa. Más bien todo lo contrario, ya que el diccionario contenía 600,000 entradas sobre el uso apropiado, que incluían, entre otras cosas, las reglas del bridge, todos los nombres de la Biblia y de las obras de Shakespeare, pautas para utilizar « will» o « shall», y miles de definiciones escritas en un tono que era cualquier cosa menos neutral.

Sus editores se estremecerían ante mi sincera opinión: Webster’s Second era soberanamente crítico.

David Skinner, autor de The story of ain’t, agrega:

El Webster’s Second no tenía reparos de ningún tipo a la hora de emitir juicios: los apaches eran «nómadas, guerreros y con una cultura relativamente baja». Los aleutianos eran «pacíficos», pero solo «semicivilizados». Además, era un diccionario bastante puritano. Muchos términos sexuales se suprimieron, y los que lograron sobrevivir fueron privados de su significado pícaro. La palabra «horny» (que podría traducirse como «cachondo/a» en español), se definió como algo que tenía que ver con los «horns» («cuernos» en español).

Un instrumento de la gente

Los editores del Webster’s Second sostenían que el diccionario contenía todo aquello que valía la pena conocer. Un diccionario para educar a los ignorantes y cultivar a los iletrados en el que solo se incluían las citas más cultas. Sin embargo, el trabajo no logró captar el contexto sociocultural de esa época. A pesar de su influencia durante los años 20 y 30, como señala Skinner, no aparece en él ninguna mención a Babe Ruth ni a Louis Armstrong. La cultura pop se consideraba indigna.

Philip Gove no tenía nada de ese esnobismo. Creía que la lengua inglesa era «un instrumento de la gente» y que el Webster’s Third«no debía restringir ni hacer distinciones artificiales en lo que respecta a la corrección de la lengua». Así que eliminó todo esto y creó un diccionario en el que se recogía el idioma que la gente realmente hablaba. Incluso llegó al extremo de no condenar de manera tajante la palabra « ain’t».La entrada decía: «Aunque es desaprobada por muchos y más común en el habla menos educada, se utiliza verbalmente en muchas partes de Estados Unidos por muchos hablantes cultos, especialmente en la frase ” ain’t I“».

El Webster’s Third nació en un momento en el que había una gran agitación social y cultural en Estados Unidos. Fue la década de la segunda ola feminista, la introducción de la píldora anticonceptiva y el surgimiento de los movimientos del poder negro y los derechos de los homosexuales. Fue una época de revolución. Un momento en que la línea entre lo culto y lo popular comenzaba a difuminarse. Y aunque la intención del diccionario era ser completamente objetivo, reflejó la sociedad de esa época de una forma más fiel que su predecesor. Si la sociedad, y por lo tanto la lengua, son maleables, ¿por qué no debería reflejarse esa característica en los diccionarios?

Pensamos en la lengua inglesa como una fortaleza a la que hay que defender, pero una analogía mejor sería compararla con un niño. Lo amamos y lo cuidamos a medida que crece y, una vez que adquiere habilidades motoras gruesas, va exactamente a donde no queremos que vaya: a los malditos enchufes.

Kory Stamper, autor de La vida secreta de los diccionarios
Dictionaries in the digital age

Palabra por palabra

Con el Webster’s Third, la lexicografía cambió. Hoy en día, una palabra se incluye en el diccionario cuando la utilizan muchas personas que están de acuerdo en que significa lo mismo. Al menos, esa es la opinión de Merriam Webster sobre el asunto. Las palabras nuevas comienzan a introducirse gradualmente en las conversaciones de las personas, en los chats, en los foros, en los pódcast, en los hashtags, en las actualizaciones de estado de Twitter o incluso en algún eslogan.

Cuanta más gente las use, más probable será que los lexicógrafos las encuentren y empiecen a tomar nota de ello. En sus actividades diarias de lectura y marcado, los editores de los diccionarios buscan nuevas palabras o nuevos usos de palabras existentes y tratan de entender cómo las utiliza la gente. Comienzan a recopilar citas (trozos de papel de 7 x 12 cm) en las que documentan el contexto y el origen de la palabra, que constituyen las bases sobre las cuales se creará el significado y la definición de la misma.

Finalmente, si la palabra consigue suficientes citas procedentes de una amplia gama de orígenes durante un periodo de tiempo suficientemente amplio, los lexicógrafos determinarán si está firmemente establecida y si debería incluirse en las siguientes ediciones del diccionario.

Las vidas secretas de los diccionarios

Este proceso se describe en el libro Palabra por palabra: La vida secreta de los diccionarios, de Kory Stamper. En él, la autora nos conduce a través de la etapa idílica de Merriam Webster. Nos invita a descubrir lo que ocurre entre bambalinas en el excéntrico y obsesivo mundo de la lexicografía y los lexicógrafos:

Durante el proceso de aprendizaje de cómo escribir un diccionario, los lexicógrafos deben hacer frente a la lógica de Escher del inglés y sus hablantes. Lo que parece una palabra sencilla termina siendo una atracción de feria lingüística con puertas que se abren al aire y escaleras que no conducen a ninguna parte. Las convicciones profundamente arraigadas de la gente te frenan, mientras que tus propios prejuicios actúan como una auténtica losa. Trabajas de forma incansable y te esfuerzas constantemente hasta que terminas olvidándote de todo, excepto del objetivo de capturar y documentar esa lengua.

Casi 60 años después de la publicación del Webster’s Third, Merriam Webster continúa capturando y documentando la lengua. Y, aunque no ocurre de una forma tan intensa como en los años 60, los diccionarios siguen desempeñando una función importante en las guerras culturales. De vez en cuando, los editores se ven desbordados por innumerables cartas o correos electrónicos de personas indignadas. Kory Stamper recuerda el momento en el que la definición de matrimonio se amplió para incluir la unión entre personas del mismo sexo, en el año 2003. No fue una decisión política, a pesar de las acusaciones. Simplemente, pretendía reflejar cómo utiliza la gente la palabra en la actualidad. Pero tal vez resulte difícil permanecer neutral en un mundo cada vez más bipartidista.

Y, curiosamente, parece que Merriam Webster está cambiando de enfoque.

Dictionaries in the digital era

Los diccionarios en la era digital

Palabra por palabra nos deja en el 2017, preguntándonos qué ocurrirá con los diccionarios cuando nadie los compre. A pesar de que Adam Mahler, nuestro autor y redactor de marketing favorito, aún hojea las 1282 páginas del monstruoso diccionario de sinónimos que todavía conserva sobre su mesa, atrás quedaron ya los días en los que la gente mostraba con orgullo sus diccionarios y enciclopedias. No dependemos tanto de los diccionarios. El futuro de los lexicógrafos, con su enfoque « laissez-faire» con respecto a la lengua, unido al declive de la industria de la impresión y a la caída en picado de las ventas, es un tanto incierto. La propia Stamper admite, al final del libro:

La lengua está en auge, pero la lexicografía es un sector que tiende a desaparecer.

Aunque quizá no todo sea tan negro como algunos lo pintan.

En 1996, Merriam Webster lanzó su primer sitio web, a través del cual proporcionaba acceso gratuito a su diccionario de definiciones y de sinónimos. A esto, le siguió rápidamente una brillante estrategia digital, en la que se utilizó el SEO y las redes sociales para fomentar la conversación y actualizar la institución.

Un futuro incierto

Hoy en día, la cuenta de Twitter de Merriam Webster tiene una enorme audiencia de más de medio millón de personas, un grupo de fervientes seguidores a los que ha conseguido atraer gracias a sus ingeniosos comentarios sobre el uso del idioma, a los datos ofrecidos en tiempo real, a la vigilancia de tendencias, a las palabras del día impecablemente sincronizadas y a sus análisis fuertemente politizados, como cuando tuitearon la definición de «fact» (hecho) en respuesta a los «alternative facts» (hechos alternativos) de Kellyanne Conway. De hecho, el juego de palabras se convirtió en viral en Twitter y dio lugar a titulares como «¿ Puede Twitter salvar el diccionario?».

Tanto si estas respuestas se deben a un intento de conseguir la corrección lingüística como si forman parte de una estrategia de marketing (o ambas cosas), lo cierto es que la administración de Trump parece ser el objetivo principal de las aclaraciones de Merriam Webster, lo cual consigue atraer mucha atención. Y ahora que los diccionarios en línea publican anuncios como parte de su estrategia para obtener ingresos, su objetivo es conseguir que permanezcamos en sus páginas durante más tiempo. Tal vez Twitter pueda salvar algo después de todo.

En una entrevista ofrecida a The New York Times, JesseSheidlower V afirmó que «en momentos de estrés, las personas acuden a aquello que les proporciona respuestas, ya sea la Biblia, el diccionario o el alcohol».

Tal vez la utilización de las plataformas digitales de una forma similar a la que se usaban los diccionarios prescriptivistas sea la forma de seguir adelante y mantener el interés. Quizá los lexicógrafos puedan unirse a los verificadores de hechos y a otros periodistas en la lucha contra la desinformación y los «hechos alternativos», llamando a las mentiras por su verdadero nombre. Tal vez el diccionario esté en una posición única para guiarnos en la dirección correcta. Y, en el intento de salvarse a sí mismo, quizá pueda también salvarnos a nosotros.