¿Alguna vez te ha reñido un desconocido? ¿Por llevar una camiseta inadecuada en un aeropuerto? A mí, sí. Tenía dieciséis años y estaba de viaje por Estados Unidos con mi familia cuando, en una terminal, se me acercó un hombre de unos cincuenta años y me llamó niño mimado. (Uno de los típicos tíos que se creen superiores a ti solo por pertenecer a otra generación). 

Niño mimado. Ya te imaginas la gracia que puede hacerle a un adolescente que le llamen eso.

Vale, llevaba una camiseta que ponía: «Es una mierda ser yo». Pero era un producto promocional del musical Avenue Q, al cual habíamos asistido.

Mis padres se rieron.  Hacía un par de días, una señora muy agradable le había dicho a mi hermana que llevaba unas botas muy bonitas. Y dos días antes de eso, otra persona se había acercado a mi madre en mitad de un supermercado para decirle que le gustaba mucho la chaqueta que llevaba. ¿Y ahora este extraño me gritaba cuando estábamos a punto de coger un vuelo? Para ellos, era solo un ejemplo más de que el concepto que tienen los estadounidenses del espacio personal es muy distinto del que tenemos los europeos. A mí no me sentó muy bien, la verdad. De repente, me parecía cierto que era una mierda ser yo. No obstante, si tenemos en cuenta lo que dicen las estadísticas, seguro que este hombre se fue a su casa sintiéndosemás contento, más creativo e incluso con menos probabilidades de sufrir un ataque cardiaco.

Porque esa es la conclusión a la que llegan la mayoría de científicos y especialistas, que hablar con extraños es algo que, al parecer, resulta muy positivo.

Hablar con extraños salva vidas 

Eric Kim, psicólogo de la Universidad de Michigan, llevó a cabo un famoso estudio que comenzaba preguntando a 5276 personas sin antecedentes de enfermedades cardiacas lo integradas que se sentían en sus barrios. 

¿Conoces a los vecinos de enfrente? ¿Hablas con el camarero de la cafetería de tu barrio? ¿Le pedirías azúcar a la familia de al lado si la necesitaras? Esa clase de cosas. Clasificaron los resultados en siete categorías diferentes.

Posteriormente, Eric Kim y su equipo comprobaron que 148 de esas personas habían sufrido un infarto. De entre ellas, el mayor porcentaje de supervivencia correspondía a aquellas que se sentían más a gusto en sus barrios (en palabras técnicas, las que tenían la percepción de que en ellos existía una mayor cohesión social). 

Al pasar de una categoría de cohesión social a la siguiente, las probabilidades de sobrevivir a un infarto cardiaco se incrementaban un 22 %. Incluso después de ajustarse en función de factores de conducta, biológicos y psicosociales. Incluso después de ajustarse en función del nivel de optimismo o felicidad de una persona.

En una entrevista concedida a Atlantic , Kim expuso que existían varias explicaciones para esto. 

Es posible que las personas que conocen a sus vecinos tengan más probabilidades de estar más controladas. O que los vecinos puedan detectar mejor los síntomas si conocen a esa persona. Puede ser que, si conoces bien a tus vecinos, tengas más confianza con ellos para pedirles prestado dinero u otros recursos que te permitan someterte a pruebas o recibir tratamiento. Es posible incluso que tener alguien a quien contarle cómo te sientes o cómo ha ido tu última cita con el médico ayude a que estés más controlado.

(Nunca más voy a evitar a la señora mayor que vive debajo y que cuenta con todo lujo de detalles todos los dolores y molestias que tiene a cualquier persona con la que se encuentra).

La socióloga Jane Jacobs tiene otra explicación de por qué la cohesión social puede contribuir a un mejor estado de salud. En 1961, lo denominó «ojos en la calle». O como explica el escritor y urbanista Thejas Jagannath: «En aquellos lugares en los que hay muchas personas (amables, claro está), existe más seguridad en las calles, ya que si alguien tiene problemas, hay muchos “ojos” que ven lo que ocurre y que están dispuestos a ayudar y a proteger de los peligros». Así que, si vives en una calle en la que hay muchos vecinos amables o gente que se pasa el día mirando por la ventana y tienes un ataque, es más probable que lo vean y te ayuden.

El escritor David Sturt pone otro ejemplo más concreto de cómo hablar con desconocidos puede salvarte la vida. Es anecdótico, pero en la charla TED que dio describió lo siguiente como algo que había sucedido realmente:

Un grupo de cirujanos cardiacos se habían reunido para tratar de resolver un problema complicado: varios de sus pacientes jóvenes habían muerto tras la cirugía. Cirugías que habían salido bien y según lo planeado. Estos pacientes habían fallecido durante su traslado a las unidades de cuidados intensivos. En una esquina de la habitación en la que estaban reunidos, había un televisor en el que se estaba retransmitiendo una carrera de Fórmula 1. Uno de los médicos se apartó, estuvo viendo un rato la carrera y pudo observar al equipo de boxes en acción. Vio cómo veinte personas saltaban una pared con perfecta coordinación. Entonces hizo lo que ninguna otra persona habría hecho, llamar al equipo de boxes de Ferrari y mantener con ellos una larga conversación. Este equipo, por supuesto, no sabía nada sobre procedimientos médicos. Y tampoco le conocían. Pero cuando les envió un vídeo en el que se veía cómo se trasladaba a los pacientes del hospital, el equipo de mecánicos, con una perspectiva nueva y un conjunto de habilidades y una experiencia completamente diferentes, fueron capaces de detectar muchos fallos. Sugirieron varias mejoras. 

Y aquí es donde Sturt hizo la gran revelación: «Gracias a esta conversación, pusieron en práctica un montón de mejoras operativas que condujeron a que los errores de redujeran en un 50 %. ¡Un 50 %!».
Una conversación entre perfectos desconocidos sirvió para salvar vidas.

Otros grandes cambios que pueden lograrse gracias a conversaciones triviales

Por supuesto, lo único que da más pereza que tener que llamar a tu abuela es verte obligado a hablar sobre cosas triviales con un desconocido en el transporte público. Tenemos que ir al trabajo todos los días, y nos pasamos todo el rato evitando el contacto visual con la gente. Y todo por el miedo a vernos obligados a entablar una conversación.  Dos científicos conductistas de la Universidad de Chicago, Nicholas Epley y Juliana Schroeder, eligieron a una serie de personas de Chicago que iban al trabajo en transporte público para llevar a cabo uno de los experimentos sociales más famosos sobre interacciones con desconocidos. 

Dividieron el grupo en dos. Las personas de un grupo tenían que hablar con la persona de al lado. (Me pongo un poco nervioso solo de pensarlo). Los demás tenían que hacer lo de siempre. Estadísticamente, las personas que hablaron con extraños dijeron que habían tenido una mejor experiencia durante el viaje. 

Lo curioso es que, antes de llevar a cabo el experimento, ambos grupos habían predicho exactamente lo contrario cuando se les pidió que describieran cómo creían que iban a sentirse durante el trayecto. 
(Como ya sabían que iban a tener que hablar con extraños, esto podría considerarse una variante de lo que en política estadounidense se denomina «juego de las expectativas», es decir, que el hecho de no obtener un resultado tan malo como esperabas puede considerarse una victoria. Si algo no es tan malo como crees, puedes llegar a pensar que es bueno. Me pregunto cómo calificarían ese viaje en tren los desconocidos con los que establecieron esas conversaciones triviales).

Dejando a un lado mi escepticismo, estudios que se han hecho posteriormente en autobuses y taxis han arrojado resultados similares a los del estudio de Epley. Pero hablar con desconocidos no solo hace que te sientas mejor durante los desplazamientos. Existen evidencias que sugieren que la sensación de bienestar se prolonga durante todo el día.

En un estudio denominado «The surprising power of weak ties» (algo así como «El sorprendente poder de los lazos débiles» en español), un estudiante demostró que las personas (tanto introvertidas como extrovertidas) que interactuaban más con otras a lo largo del día se sentían mejor que aquellas que lo hacían menos. Y que una interacción con un amigo cercano ni siquiera superaba significativamente una breve interacción con un extraño.

Una opinión reciente y compartida es que las interacciones con extraños pueden incluso afectar al estado general de las personas. Según Maria Bezaitis, generan innovación y creatividad. Porque si solo hablas con personas de tu círculo social o de tus redes sociales, serás víctima del sesgo de confirmación. Acercarse a lo que ella llama « rareza » significa que puedes obtener opiniones más objetivas sobre tus ideas. O incluso puede hacer que se te ocurran mejores ideas.

Un poco como el médico que llamó al equipo de Ferrari. 

David Sturt, la persona que contó esta anécdota, analizó una muestra de 10 000 personas premiadas por su innovación y elegidas al azar. Tal y como él mismo explica, «desde conserjes de hospital hasta vicepresidentes de grandes organizaciones». La conclusión a la quellegó su equipo fue que las conversaciones con personas ajenas a sus círculos privados y profesionales habían sido, en gran medida, las impulsoras de esa innovación. «Nuestra investigación y otras investigaciones demuestran que es de ahí de donde proceden nuestras mejores ideas y pensamientos».

En ese aeropuerto, con dieciséis años y un insulto de un desconocido, no tuve ninguna epifanía. No se me ocurrió ninguna idea ni tuve ningún pensamiento que pudiese considerar buenos. No sabía ni qué decir. Creo que no dije nada en absoluto. Enfadado, furioso, esperé a que el hombre terminase de despotricar y me fui. 

Pero lo que sí puedo decir es que no he sufrido ningún ataque al corazón desde entonces. Así que al menos tiene ese efecto beneficioso.