Lo soltó así sin más, aparentemente sin venir a cuento, después de que el representante por Ohio, Tim Ryan, cuestionara sus conocimientos sobre Medicare for All, un plan integral para implantar un sistema único de atención sanitaria en EE. UU. que proporcione cobertura a todos los estadounidenses.

«Pero no lo sabes. No lo sabes, Bernie».

«Lo sé, ¡yo mismo hice la maldita factura!».

El público estalló en risas y vítores. No es la primera vez que un político utiliza la palabra «maldito/a» u otros términos vulgares para apuntarse un tanto y, como otras muchas veces, funcionó maravillosamente bien.

Estoy familiarizada con las palabrotas. Soy del norte de Portugal, un lugar en el que seguramente oirás un «foda-se» o dos. No es que en mi casa estuviesen todo el rato blasfemando, porque no es así, y tampoco quiero decir que la gente del norte de Portugal diga tacos constantemente, porque tampoco es cierto, pero tendemos a decir más palabrotas que nuestros vecinos del sur.

Las usamos para expresar distintas emociones: dolor, frustración… O, a veces, incluso como muestra ocasional de afecto. Pero, aun así, a la mayoría de nosotros se nos enseña desde niños que son palabras feas. Que maldecir no está bien y que es un recurso de los vagos y de los incultos, el reflejo de una mala educación.

No estoy segura de si los padres realmente se creen esto o si solo quieren evitar la vergüenza de tener que acudir al colegio porque su hijo de tres años ha soltado un «joder» en medio del comedor. Sin embargo, el hecho de que decir tacos sea tabú es precisamente el motivo por el cual nos gusta hacerlo.

No todas las palabras malsonantes son iguales, tal y como explica Timothy Jay, profesor de Psicología en el College of Liberal Arts de Massachusetts, en un artículo publicado en la Association for Psychological Science. Pueden ser palabras que hagan referencia al sexo (joder), blasfemias (maldita sea), alusiones ancestrales (bastardo), términos extremadamente vulgares o jerga ofensiva.

«Las palabras tabú pueden ser levemente o extremadamente ofensivas, y las personas, a menudo, utilizan un eufemismo más suave para reemplazar una palabrota cuando están en compañía mixta (o desconocida)», afirma en dicho artículo.

Todo gira alrededor de la política

Si bien es cierto que la mayoría de nosotros tendemos a suavizar la forma en la que hablamos cuando no conocemos a nuestros interlocutores, algunas investigaciones sugieren que decir tacos en público puede ayudar a ganarse la simpatía de las personas. Por ejemplo, este estudio del 2005, que reveló que el uso de la palabra «maldito/a» en un discurso sobre la reducción de las matrículas universitarias incrementaba la capacidad de persuasión del mismo. O este estudio experimental del 2014, en el que se observó que el uso de palabras groseras por parte de un político mejoraba la impresión general de los votantes.

Sin embargo, no siempre ha sido así. Los estudios más importantes que se han hecho sobre el tema en los años 70, 80 o 90 muestran que, a las personas que hablan mal, se las considera como poco dignas de confianza o incompetentes. Pero, cuanto más comunes se vuelven los tacos en las canciones que escuchamos, los libros que leemos, los programas de televisión que vemos o los discursos de nuestros representantes, más aceptación logran en nuestra cultura.

Los políticos no eligen sus palabras al azar. Por el contrario, estudian cuidadosamente sus discursos y los temas sobre los que hablan, palabra por palabra. Así que, si dicen palabras malsonantes, es que tienen un buen motivo para hacerlo. Las palabrotas actúan como intensificadoras del habla y logran establecer una relación informal e incluso amistosa con el receptor. Al hablar como una persona corriente, sin la pomposidad y la pretensión del lenguaje formal, es más fácil lograr que la gente se identifique contigo.

El presidente Donald Trump es bien conocido por los incendiarios improperios que lanza en sus declaraciones: «¿Que si aprobaría la asfixia simulada como método de tortura? Puedes apostarte el culo a que sí». Y siempre son muy bien recibidos por su audiencia, que suele estar compuesta mayoritariamente por obreros de clase media-baja que al fin se sienten escuchados. Y hablar mal no es algo exclusivo de los republicanos. A los demócratas también les gusta utilizar un lenguaje vulgar, como cuando Tom Pérez, presidente del Comité Nacional Demócrata, dijo públicamente en Las Vegas que a Trump «no le importa una mierda la atención sanitaria».

Un complejo código de amistad

Pero esto va más allá de la política.

Decir palabras malsonantes puede ser bueno para nosotros, afirma Emma Byrne, que ha escrito un libro sobre el tema. Emma es una científica especializada en robótica cuyo interés por la neurociencia la ha conducido a profundizar en las teorías científicas que sustentan la utilización del lenguaje soez. Basándose en estudios avalados por otros especialistas, afirma: «El uso de palabrotas es una de las primeras formas de lenguaje que desarrollamos, y nos ha ayudado a lidiar con el dolor, a trabajar juntos, a controlar nuestras emociones y a mejorar nuestros pensamientos».

Defiende que los humanos se dieron cuenta hace mucho tiempo de que emitir ciertos sonidos alarmantes podía prevenir altercados físicos, señales de amenaza o ciertos estados emocionales, así como hacer reír a los demás. Por ejemplo, en el lugar de trabajo. «Los científicos han demostrado que los equipos que trabajan en cualquier ámbito (desde fábricas hasta quirófanos) y comparten un vocabulario vulgar tienden a trabajar juntos de manera más efectiva, a sentirse más unidos y a ser más productivos que aquellos que no lo hacen», afirma Byrne.

Y hay investigaciones que respaldan esta teoría. Los psicólogos han descubierto que el uso de palabrotas en el lugar de trabajo pueden tener efectos muy positivos, «incluidos el alivio del estrés, el enriquecimiento de la comunicación y la mejora de la socialización». En otras palabras, suponiendo que no utilices lenguaje vulgar para hacer referencia al género, la raza, la religión o la orientación sexual de alguien (algo con lo que, afortunadamente, somos mucho más cuidadosos) y que no ridiculices a tus compañeros, algún que otro inofensivo «maldito/a», puede contribuir a generar un sentimiento de camaradería.

Y algo aún más interesante, Byrne señala que las mujeres, en ocasiones, recurren al lenguaje vulgar para hacer valer su posición en oficinas en las que predominan los hombres y lograr «encajar».

«Soy una mujer en un sector dominado por hombres, así que es una estrategia que utilizo para que me consideren una más. Referirme a algunos equipos como «una jodida mierda» es, a menudo, un rito de iniciación necesario que sigo cuando me uno a un nuevo equipo».

Tal y como le comentaron a Byrne, la larga tradición machista existente hace que decir palabrotas aún se considere un acto transgresor de género. «Es algo que refuerza el sentimiento de pertenencia, especialmente si eres una chica». Me han dicho muchas veces que decir palabrotas «no es propio de una señorita». Que es algo «feo, viniendo de una chica tan guapa». Se supone que las mujeres no deben decir tacos. Se supone que deben ser amables y elegantes y encajar todos los golpes y adversidades con la máxima elegancia. Que se las vea, pero que no se las oiga. Así que, en cierto modo, decir palabrotas malsonantes supone todo un acto de rebelión.

Eso duele de cojones

Las palabras vulgares también pueden incrementar la capacidad de soportar el dolor, tal y como descubrió Richard Stephens. Stephens es profesor titular de Psicología en la Universidad de Keele. En el 2012, realizó un experimento en el que los sujetos sumergían las manos en agua helada mientras repetían palabras malsonantes o neutrales. Descubrió que los sujetos que decían palabrotas eran capaces de mantener las manos sumergidas casi un 50 % más de tiempo que los otros, y que el dolor que describían no era tan intenso. Nunca he probado este experimento, pero cuando me golpeo el dedo meñique del pie con alguna esquina, me alivia decir un taco.

Las palabrotas proceden de una parte específica del cerebro según el lingüista Benjamin Bergen, quien también escribió un libro al respecto. Descubrió que las palabras ofensivas y las obscenidades no proceden de las zonas que rigen el habla normal, que son el área de Broca, que produce palabras, y el área de Wernicke, que está más relacionada con la comprensión del lenguaje. Comprobó que los pacientes que presentaban daños en estas dos regiones desarrollaban a menudo afasia y podían tener problemas para hablar, leer y escribir. No obstante, y aunque resulte sorprendente, sí que eran capaces de decir tacos, como el resto de nosotros, lo cual demuestra que las palabrotas no se procesan en el hemisferio izquierdo, como el resto del habla. Muchos científicos sugieren que el lenguaje soez se procesa en las regiones más bajas del cerebro (espacialmente hablando), en las más primarias, asociadas típicamente al control de las emociones, los instintos y los impulsos, como son el sistema límbico y los ganglios basales.

Berger también refutó la idea de que decir palabrotas perjudicase el desarrollo de nuestros hijos. No dejamos de decirnos a nosotros mismos y a nuestros hijos que son palabras feas, pero lo irónico es que somos nosotros quienes las hemos creado. Son palabras poderosas únicamente porque nosotros les otorgamos ese poder. Les decimos a nuestros hijos que son malas y, en lugar de evitar que las digan, conseguimos hacerlas aún más interesantes.

Existe una razón por la cual, cada vez que viajamos a un país cuyo idioma no hablamos, lo primero que queremos aprender es a pedir comida y a decir tacos. Para bien o para mal, las palabrotas son poderosas. Dicen mucho de nosotros mismos y de cómo funcionan nuestros cerebros y las sociedades en las que vivimos. Y, en el caso de Bernie Sander, siempre pueden ser útiles para ofender a alguien que, visto en retrospectiva, hubiera estado mejor callado.