¡Error, error!: Por qué las máquinas no son graciosas

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Does not compute: Why machines aren’t funny
Artwork by Bruno Silva

Todos sabemos lo que es contar un chiste y que nadie se ría.

Ahora mismo, en cualquier parte del mundo, desde lugares de trabajo hasta bodas, seguro que hay un montón de pobres infelices contando chistes que no hacen gracia a nadie, que no se entienden o, lo que es peor aún, que molestan a la gente. El mal trago de contar un chiste que creías que era bueno y resulta que no lo es puede llegar a convertirse en uno de esos recuerdos que te persiguen durante años y, cada vez que alguien se atreve a ser gracioso, se arriesga a que le ocurra esto.

Actualmente, los ordenadores reducen el riesgo en muchos aspectos de nuestras vidas, y les permitimos que asuman diversas responsabilidades cuando nuestro criterio brilla por su ausencia.

El humor, sin embargo, no es un campo en el que los ordenadores hayan demostrado pericia. Hacer reír a la gente es muy diferente a controlar una instalación de energía nuclear. Y, dado que no podemos dar por sentado que todos nuestros amigos y familiares vayan a ser graciosos, es difícil imaginar un escenario en el que se pueda confiar en un ordenador para hacernos reír.

Pero eso no ha impedido que haya gente que trabaje de forma activa para intentar que eso suceda. De hecho, se considera uno de los mayores desafíos de la inteligencia artificial (IA).

Hace algo más de 25 años que apareció en la revista científica rusa Biofizika una de las primeras propuestas de un algoritmo de humor para ordenadores. Desde ese momento, a los científicos interesados en la lingüística les ha fascinado esta idea. Si los ordenadores pueden reconocer palabras que suenan igual, entonces los juegos de palabras deberían ser pan comido para ellos, ¿no? Si son capaces de detectar el sarcasmo, ¿podrán llegar algún día a hacer comentarios ingeniosos dignos de un gran humorista? Si pudiéramos programarlos para añadir comentarios con doble sentido al final de las frases, ¿podrían convertirse en maestros de la ambigüedad?

A lo largo de los años, se ha logrado todo esto con diversos grados de éxito, pero la pregunta sigue siendo: ¿tenían gracia realmente? E incluso si los ordenadores pudiesen absorber, aprender y procesar un número infinito de chistes, ¿serían capaces de llegar a hacernos reír?

Juegos de etiquetas en Twitter

También se puede generar material gracioso de forma mecánica. Es lo que ocurre en el caso de los juegos de etiquetas de Twitter. Estos juegos consisten en que alguien sugiere un tema, por ejemplo, #smithscurry, con el objetivo de que la gente cree combinaciones graciosas entre títulos de canciones de The Smiths y platos típicos indios. Un ejemplo de ello sería «Girlfriend in a Korma» (que resulta de la combinación entre el título de una de las canciones de The Smiths, «Girlfriend in a Coma», y el «korma», un plato típico de la gastronomía india). Lo más probable es que cualquier persona que quiera intentarlo abra una ventana del navegador con una lista de canciones de The Smiths y otra con un menú indio para llevar y vaya consultando ambas hasta encontrar alguna combinación graciosa.

Podríamos pensar que es más fácil para un ordenador que para una persona encontrar estas combinaciones, pero resulta difícil de creer que un ordenador posea el instinto necesario para separar el trigo de la paja y sea capaz de darse cuenta de que «Girlfriend in a Korma» es gracioso, mientras que «The Keema is Dead» (combinación entre «The Queen Is Dead» y «keema», otro plato típico indio) no lo es.

Si se publicara una antología de la historia del humor creado por ordenadores, seguro que sería aburridísima. «El café me gusta como la guerra. Frío». Este chiste, por llamarlo de alguna manera, fue creado por un algoritmo en la Universidad de Edimburgo en el año 2013, y aunque podemos admitir a regañadientes que tiene la misma estructura que un chiste, le falta un elemento fundamental: la gracia.

Es cierto que existen algunas personas con mucho talento que son capaces de contar chistes con poca gracia y conseguir que el público se parta de risa, pero eso se debe a una combinación de prestigio, dinamismo y presencia, así como de saber encontrar el momento oportuno, aspectos que los ordenadores aún no han conseguido dominar. Todavía se está tratando de averiguar por qué «Girlfriend in a Korma» resulta gracioso, y la cosa está cruda, ya que nadie lo sabe realmente.

Fórmula, no algoritmo

El motivo por el cual algo resulta gracioso es un misterio que lleva tratando de resolverse desde hace miles de años, desde Platón hasta Freud o Pascal. Y esta búsqueda ha dado lugar a varias teorías que intentan explicarlo, que van desde el regocijo que producen las desgracias ajenas hasta el ocasionado por la ruptura de los esquemas. Pero, a la hora de analizar el humor, hay un aspecto que no tiene nada que ver con la gracia, algo que se puede observar fácilmente si se hojea cualquier manual de escritura cómica, donde se diseccionan diversas estrategias para que los lectores aprendan a ser graciosos. Ocurre lo mismo que con las cosas que se te olvidan, cuanto más intentas encontrar el secreto del humor, más difícil te resulta descubrirlo.

Según Joel Morris, autor y escritor de comedia con una amplia experiencia tanto en la radio como en la televisión británicas, «existen una serie de recursos humorísticos básicos». Tal y como él lo cuenta, «las comedias de situación son prácticamente obras de ingeniería, sistemas matemáticos con ruletas para contar historias en las que se describen los altibajos de los personajes».

Cuando un escritor de comedia aprende su oficio, adquiere la capacidad de darse cuenta de dónde se encuentran los callejones sin salida y, como dice Morris, «detectar aquellas situaciones en las que las matemáticas fallan». «Dado que hay fórmulas», continúa, «es entendible que la gente piense que un ordenador puede llegar a desarrollar una trama. »Si le dices que un tipo llamado Geoff va a irse de vacaciones con el único hombre con el que nunca querría irse de viaje, ¿por qué no va a poder escribir un segundo, un tercer o un cuarto acto?».

De igual modo, la comedia surrealista, en la que se yuxtaponen elementos totalmente incongruentes, debería ser pan comido para un programa de ordenador, pero, como ya hemos mencionado anteriormente, no tendría gracia. «En la comedia», concluye Morris, «se busca un atisbo de humanidad».

No hay mejor ejemplo de esto que los chistes que cuentan los niños. Chistes que no tienen sentido y que normalmente no harían gracia, pero que, en ese contexto, resultan algo cómicos. La cuenta de Twitter @KidsWriteJokes ofrece un flujo constante de estas maravillosas joyas. Por ejemplo:

P: ¿Cómo llamarías a un pez sin cola?


R: ¡Una uva tuerta!

Sin embargo, cuando un ordenador trata de hacer algo parecido, puede resultar algo así:

P: ¿Qué tipo de animal conduce un catamarán?


R: ¡El gato («cat» en inglés)!

Y es entonces cuando ponemos los ojos en blanco para mostrar nuestra exasperación. El primer ejemplo pone de manifiesto de una forma maravillosa cómo es la naturaleza humana, porque podemos recordar ese momento en el que también nosotros comenzábamos a entender cómo funcionaban los chistes, pero no aún no lo comprendíamos del todo. El segundo se trata simplemente de un fallo de programación.

Why machines aren’t funny

Reírse es humano

Quizás aún es pronto para que los ordenadores sean graciosos. Todos (y todo) tenemos que comenzar en algún punto. El niño que hoy en día recurre a gags indescifrables podría convertirse en un humorista de éxito el día de mañana, y quién dice que no pueda ocurrir lo mismo en el caso de los ordenadores, a medida que las redes neuronales les conceden nuevas habilidades y su capacidad de aprendizaje se acelera.

En una entrevista publicada en la revista GQ en el 2013, Peter McGraw, de la Universidad de Colorado, se mostró optimista sobre las perspectivas: «Si podemos mapear el genoma humano y somos capaces de crear energía nuclear, entonces podemos entender cómo y por qué algo nos resulta gracioso». Muchos académicos, como Julia Taylor Rayz del Purdue Polytechnic de Indiana, han dedicado enormes cantidades de tiempo y energía a «simular y detectar el humor».

Su optimismo y su confianza en las posibilidades de futuro van en línea con los de los defensores de la IA fuerte, para los que no existe nada íntrinseco en la materia viva que impida que los ordenadores puedan simularlo. En otras palabras, el humor se compone únicamente de datos que entran, datos que salen y memoria.

Los escritores de comedia argumentan que el humor es intrínsecamente humano, y que la falta de humor es una cualidad propia de los robots. Hay muchos científicos y académicos que están de acuerdo con ellos, y ese cisma ilustra el enorme problema de la IA sobre el que tanto se ha debatido: cómo va a ser posible simular cosas como la conciencia, la sensibilidad y el autoconocimiento, elementos que parecen tan intrínsecos a la comedia.

«No tenemos ni idea de cuánto tiene que ver la sensibilidad con el hecho de estar atrapados en el cuerpo que tenemos», me dijo Nigel Shadbolt, profesor de IA de la Universidad de Southampton, cuando lo entrevisté en el 2015. «Estamos creando microinteligencias superinteligentes, pero no tenemos ni idea de lo que es una teoría general de la inteligencia». O lo que es lo mismo, una teoría del humor. «Aún no tenemos una definición», dijo Scott Weems, el autor de «Ha! The Science of When We Laugh and Why», hace un par de años a IQ, la revista de cultura tecnológica de Intel. «Si preguntas a diez científicos, te darán diez respuestas diferentes».

Para que los ordenadores puedan empezar a ser graciosos, antes deben ser capaces de pensar de forma creativa. Hasta ahora, los intentos de los ordenadores de crear arte o música han conseguido obtener resultados interesantes en muchas ocasiones, aunque también un tanto vacíos.

«La creatividad siempre ha sido fascinante», escribió David Gelernter, profesor de Informática de la Universidad de Yale, en un ensayo para Frankfurter Allgemeine Zeitung. «No funciona cuando estás muy centrado en algo, solo cuando tus pensamientos han comenzado a desviarse… Encontramos soluciones creativas a un problema cuando este permanece en algún rincón de nuestras mentes… Ningún ordenador será creativo a menos que pueda simular todos los matices de las emociones humanas».

Pero incluso el hecho de que un ordenador pudiera simular con éxito esos matices no garantizaría que nos riésemos de sus chistes. «Los chistes son muy tribales, son una forma de resaltar valores compartidos», dice Joel Morris. «Es difícil contar un chiste si no compartes una cultura o un idioma. Los chistes son pistas e indicadores de quiénes somos. Los que realmente funcionan nos están diciendo: “Soy como tú”. En última instancia, es el alma del chiste, la verdad de la que habla, lo que verdaderamente importa. Eso es lo que aceptas y a lo que te abres. Notamos enseguida cuándo alguien miente, y un ordenador que te cuenta un chiste en realidad te está contando una mentira. Porque te está diciendo: “Yo también soy humano”».

«¡R2D2, sabes bien que no debes confiar en un ordenador extraño!»

En el ámbito de la ciencia ficción, los robots son objeto de burla por su torpeza y su incapacidad para conectar emocionalmente con los humanos. El hecho de que C3PO no sepa cómo hablar con Luke Skywalker (a pesar de ser un androide entrenado para relacionarse con la gente) es uno de los motivos por los cuales el personaje es tan encantador, además de porque no nos parece amenazante. Por el contrario, el momento en el que descubrimos en la película Alien que el personaje de Ash (interpretado por Ian Holm) es un androide que se ha hecho pasar por humano resulta muy traumático. Plantea la cuestión de cuán humanas queremos que sean las máquinas, y por qué se están haciendo tantos esfuerzos para difuminar las líneas entre ambos.

Una de las razones es obvia: el desentrañar uno de los grandes misterios de la vida siempre supondrá un reto atractivo. Pero este tipo de trabajo tiene una aplicación mucho más práctica a corto plazo: conseguir que tengamos un vínculo más estrecho con los dispositivos y aplicaciones que utilizamos a diario dotándoles de un tono cálido y amigable. «Se trata de conseguir que la comunicación entre las personas y la máquina sea una interacción fluida y atractiva», dijo Kristian Hammond, profesor de la Universidad de Northwestern, a la revista Wired en el 2014.

Pero, si bien se ha demostrado que apreciamos un cierto nivel de cortesía en nuestras interacciones con los ordenadores, puede llegar un punto en el que la falta de sinceridad comience a molestarnos. Las disculpas automáticas por los trenes retrasados, por ejemplo, no nos parecen disculpas, ya que sabemos que los ordenadores no pueden arrepentirse. Del mismo modo, las ocurrencias y los chistes que nos cuentan los asistentes automatizados como Siri o Google Now pueden denotar cercanía y ser graciosos, pero no nos lo parecen porque proceden de un ordenador. Lo que apreciamos realmente es el ingenio del ser humano que lo programó.

Muchos consideran que la falsa afabilidad que muestran los asistentes automáticos resulta irritante, y esto plantea otro obstáculo importante para cualquier ordenador al que se le asigne la tarea de ser gracioso, el no conocer a su audiencia. Como nos recuerda Morris, un pequeño fallo hace que la gracia se pierda completamente. «Por ejemplo, no es adecuado contar un chiste que afecta a alguien presente en la sala», dice, «y es por eso que resulta difícil hacer chistes en Twitter, porque no puedes ver a tu audiencia».

Sin embargo, la audiencia de un ordenador que está a punto de contar un chiste es enorme y, en gran parte, invisible. Las posibilidades de que el chiste fracase estrepitosamente son muy altas. Sin embargo, los ordenadores no tienen el mismo sentido de la vergüenza que tenemos nosotros cuando fracasamos a la hora de contar un chiste. Por lo tanto, esto nos lleva a plantearnos si los ordenadores son incapaces de hacernos reír por los chistes que cuentan o porque no les importa en absoluto si nos hacen gracia o no.

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