Sus voces cambian de forma repentina. La calle está tranquila, no hay ni un alma a la vista y, sin embargo, no oigo lo que dicen. El tono es lo suficientemente incriminatorio (es probable que a alguien le estén pitando los oídos) y aleja mi atención del libro que estoy leyendo. Están sentados alrededor de una mesa que hay en la parte exterior de un pequeño café y se inclinan los unos hacia los otros, susurran y miran alrededor para ver si alguien los escucha.

Nadie lo hace. Se sabe tanto sobre la conversación que mantenían estas personas como sobre las primeras palabras que los seres humanos intercambiamos hace 50 000 años. Pero sabemos que no solo comenzamos a hablar entre nosotros. En algún momento, comenzamos a hablar los unos de los otros. Quién se acostaba con quién. En quién se podía confiar y quién era un mentiroso.

«Somos descendientes de personas entrometidas», afirma Francis McAndrew, psicólogo social y profesor del Knox College que lleva años dedicándose a investigar sobre los chismes.

«¿Estás de acuerdo con la teoría de Dunbar sobre el cotilleo?», le pregunté.

«Digamos que no estoy en desacuerdo. Creo que es solo una parte de la historia, pero sí, concuerdo».

Robin Dunbar es casi una celebridad en el mundo académico. Actualmente, dirige el Grupo de Investigación en Neurociencia Social y Evolutiva del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford. Ha recibido los más altos honores del Royal Anthropological Institute. Ha dado tres charlas Ted. Si buscas Robin Dunbar en Youtube, hay más de 50 vídeos dedicados a la exploración de sus ideas.

La mayor parte de la gente descubre su trabajo gracias al número de Dunbar, un concepto que acuñó en los 90. Al darse cuenta de que existía una correlación entre el tamaño del cerebro de los primates y el tamaño medio de su grupo social, planteó que los seres humanos no podían mantener más de 150 relaciones genuinas y estables de manera cómoda. O como él dice, «el número de personas con las que te sentarías sin reparo a tomarte una copa sin que te invitasen a hacerlo si te las encontrases en un bar».

Evolución del lenguaje

Pero durante los años que dedicó al estudio de primates, se dio cuenta de algo más. En su libro de 1996, «Grooming, Gossip and the Evolution of Language», Robin Dunbar propone que el lenguaje evolucionó como una forma de compartir información sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos.

Los primates establecen vínculos y mantienen amistades a través del llamado «acicalado social». Quitan pulgas, garrapatas y otros insectos del pelaje de sus compañeros, lo cual contribuye a que toda la comunidad esté más limpia y sea más feliz. El acicalado social les permite establecer jerarquías dentro del grupo y dicta el acceso a los alimentos, al apoyo social e incluso al sexo. Es impresionante lo que logra el acicalado social, sobre todo si tenemos en cuenta que no se intercambia ni una sola palabra.

Este comportamiento también se puede ver en humanos, aunque las personas no suelen quitarse pulgas unas a otras. Nos hacemos cambios de imagen, nos abrazamos, tocamos el pelo de nuestras parejas… Pero el acicalado es un proceso en el que se emplea mucho tiempo y es bastante ineficiente, ya que existe un número limitado de espaldas que pueden rascarse al mismo tiempo. Incluso los primates, nuestros parientes evolutivos desempleados, no pueden dedicar todo el día al acicalado, ya que también necesitan comer y dormir, por ejemplo.

Dunbar afirma que, como máximo, los individuos pueden dedicar al acicalado el 20 % de sus horas de vigilia. También dice que, para mantener los lazos sociales, el grupo no debe tener más de 80 integrantes. Así que aquí aparece nuevamente el número de Dunbar. Es posible que nuestros antepasados prehistóricos viviesen en grupos pequeños en los que el acicalado era efectivo, pero la mayor parte de las comunidades actuales están compuestas de forma natural por 150 individuos. Será porque hemos encontrado otro método que nos permite mantenernos unidos. Y este método, dice Dunbar, es el cotilleo.

Esta hipótesis es solo una de las teorías que explican la evolución del lenguaje, pero no está exenta de lagunas. Por ejemplo, no está claro cómo evolucionó la forma de comunicarnos desde gruñidos sin sentido hasta un lenguaje extremadamente estructurado, y mucho menos cómo pasamos de quitarnos las pulgas unos a otros a utilizar nuestras voces.

Sin embargo, aquí estamos, haciendo comentarios sobre el profesor de francés que se puso a beber aguardiente entre clase y clase. Incluso la forma en la que está estructurado nuestro lenguaje permite contar historias; nuestra gramática, como un juego de pistas, tiene una estructura similar a la de una novela policiaca. Que sepamos, no existe ningún otro lenguaje que sea como el nuestro. Ciertamente, los lenguajes informáticos no lo son, aunque sí resulten extremadamente eficientes a la hora de almacenar y transmitir información. Y aunque los primates pueden avisarse unos a otros si hay peligro cerca, lo cual resulta fundamental para la supervivencia, ningún otro animal es capaz de hablar de cosas que no están presentes.

¿Lo has oído?

Para McAndrews, eso es el cotilleo, hablar de personas que no están presentes. «Suele ser información sobre la que pueden hacerse juicios morales», aunque no siempre sea el caso. Y ahí es donde los cotilleos se ganan la mala fama. Se nos dice que no debemos preocuparnos por lo que el resto de la gente hace con sus vidas. Que debemos hablar sobre ideas y filosofía, no sobre rumores infundados. Como si la conversación que se tiene en la cena más refinada no fuese a convertirse en un debate apasionado sobre qué profesor se ha acostado con qué alumno o sobre a quién se le ha otorgado una beca de investigación a cambio de resultados favorables en el estudio.

Pensamos en los cotilleos como algo nocivo, pero, según un estudio sobre conversaciones entre británicos, la mayoría de ellos son inofensivos, ya que solo el 3-4 % de los que constituían la muestra eran malintencionados. Obviamente, dejando a un lado las bromas sobre la cortesía británica, hay que tener en cuenta algunas diferencias culturales. Pero aun así, generalmente pensamos en los cotilleos como algo negativo, aunque nos gusta pensar que nosotros somos buenos. Así que la única cosa que nos gusta más que participar en conversaciones triviales es afirmar que no nos interesan.

Le pregunté a McAndrews: «¿Por qué decimos que no nos gustan los cotilleos?».

«Lo que no nos gusta son los malos cotillas. Porque los buenos suelen ser muy populares».

«¿Y cómo es eso?».

«No nos gusta la gente que no sabe distinguir entre la información que puede compartirse y la que no. No es que odiemos los cotilleos. Es solo que odiamos a los malos cotillas».

Debido a su reputación, siempre describimos el cotilleo como algo que hacen otras personas. «Cuando hablan, comparten información importante o manifiestan su preocupación. Cuando lo hacen otros, es cotilleo», dice McAndrews. Así que, de forma natural, cuando escuchamos un cotilleo interesante, no se lo contamos a todo el mundo. Eso sería de mala educación. Sin embargo, sí lo compartimos con algún amigo cercano, ¿por qué no? Es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar… Es solo un amigo. Y tampoco es que vaya a contárselo a todo el mundo.

Y de esta forma es como comienza a circular de una forma desordenada y descontrolada a través de una red que es más antigua y más importante de lo que creemos. Y esas redes pueden ser muy beneficiosas, ya que muchos cotilleos sirven al bien común. «Es una de las cosas que nos hace ser buenos ciudadanos, el saber que otras personas están pendientes de nuestra reputación. También es una forma de poner de manifiesto comportamientos perjudiciales para el grupo. Si alguien roba o engaña a la comunidad, la red de cotilleo permite desenmascarar a esa persona», afirma McAndrews.

También es una forma de integrar a las personas en un grupo. Cuando comparto información contigo, lo que digo es que confío en ti. Confío en ti para que gestiones esta información. Y está claro que el cotilleo puede descontrolarse muy rápidamente. Si solo le cuentas el cotilleo a un amigo cercano, quien a su vez se lo cuenta a otro y así sucesivamente, al final de la semana solo lo sabrán ocho personas. Pero si se lo cuentas a dos amigos, quienes a su vez se lo cuentan a dos amigos más y así sucesivamente, al final de la semana lo sabrán ciento veintiocho personas. A finales de mes, más de dos mil millones. O, para ser más exactos, 2,147,483,647. Y eso asumiendo que todo el mundo conozca a dos personas que no hayan oído la historia y que gente de otros lugares del mundo que no te conozca esté interesada en saber que Karen dijo que iba a trabajar desde casa, pero lo que hizo realmente fue pasarse todo el día enganchada a Friends.

A la mitad del mundo (posiblemente a más), no le importa si Karen trabaja o no, pero el cotilleo tiene un propósito determinado. Nos preocupamos por la vida de los demás porque debemos hacerlo.

«Para tener éxito en la sociedad, nuestros antepasados tenían que saber lo que hacían los demás. Debían saber en quién podían confiar y en quién no», explica McAndrews. «Y si no te importaban esas cosas o no te interesaba nada la vida de otras personas, no te iba bien. Creo que estamos programados para sentir fascinación por la vida de los demás».

Pero no de todas las personas. La investigación de McAndrews demuestra que, además de los miembros de la sociedad con una posición jerárquica superior que pueden tener influencia en nuestras vidas, también nos interesan las personas de nuestro entorno, de nuestro género y de una edad similar a la nuestra «porque son nuestros competidores naturales».

También descubrió que la información que más nos interesa es aquella que es socialmente útil para nosotros, cualquier cosa que nos permita mejorar nuestra posición en la sociedad, ya sean escándalos o desgracias de nuestros competidores o de personas con un estatus alto. Y las cosas que les van bien no nos interesan demasiado. Pero sí nos interesan los triunfos de nuestros amigos, familiares y compañeros. Aún está por ver si esto se debe a un altruismo genuino o a que sus logros nos benefician a nosotros también.

También nos fascina la vida de personas de fuera de nuestro entorno. Si no nos interesasen los escándalos de la familia real, por ejemplo, hace tiempo que la prensa sensacionalista habría desaparecido. Y, sin embargo, es muy popular. Pero según McAndrews, ese es solo el resultado inevitable del choque entre los medios de comunicación del siglo XXI y nuestras mentes primitivas.

«Nos dejamos engañar por los famosos porque leemos sobre ellos, los vemos en la televisión y sabemos mucho sobre sus vidas. Y esto nos lleva a creer que son socialmente importantes para nosotros». Si lo pensamos de forma racional, nos damos cuenta de que no son nuestros iguales y de que no ejercen ninguna influencia en nuestras vidas, pero no podemos evitarlo.

Y los tabloides son muy conscientes de esto. Juegan directamente con nuestros sentimientos de rectitud, diseñan portadas con titulares llamativos y fotos comprometedoras, y te dicen si debes sentir lástima o desprecio. «En Estados Unidos, resulta muy rentable mostrar a mujeres que hagan que otras mujeres se sientan superiores», escribió Aaron Sorkin para el programa de televisión The Newsroom. No es que no se pueda jugar con las inseguridades de los hombres con el objetivo de entretener, sino que el público objetivo de los tabloides son fundamentalmente mujeres. De hecho, cotillear se considera un defecto casi exclusivo de las mujeres. Y, en cierto modo, su historia está profundamente entrelazada con la de las mujeres.

Charla ancestral

La palabra «gossip» («cotilleo» en español) procede de la palabra del inglés antiguo «god-sibb», que significa «madrina». Era un término que se utilizaba para denominar a la amiga íntima de una mujer después del nacimiento de su hijo, una palabra que reflejaba el fuerte vínculo existente entre ellas. Pero hubo un momento en el que adquirió una connotación negativa. Silvia Federici, profesora, activista y feminista, ha investigado cómo la opresión de género jugó un papel importante en el significado de la palabra «gossip» y en su transformación. El año pasado, en 2018, escribió un libro titulado «Witches, Witch-Hunting, and Women», en el que habla sobre la violencia institucional contra las mujeres. Ella cree que no es una coincidencia que las acusaciones de brujería se incrementasen a medida que la posición de las mujeres se deterioraba durante el siglo XVI. Tampoco es una casualidad que fuese más o menos por esa época cuando la palabra «gossip» dejó de emplearse para denominar una amistad femenina profunda y comenzó a utilizarse para referirse a «mujeres que cotilleaban».

Mientras que en la Baja Edad Media una mujer aún podía enfrentarse a su marido e incluso llegar a las manos con él, a finales del siglo XVI podía ser castigada severamente por cualquier demostración de independencia o crítica que hiciese contra él. La obediencia, tal y como subrayaba constantemente la literatura de la época, era el principal deber de una esposa, una obligación impuesta por la Iglesia, la legislación, la opinión pública y, en última instancia, por los crueles castigos que se aplicaban a las «criticonas».

Un posible castigo que se aplicaba a estas mujeres era una brida o estructura de metal en la que se introducía la cabeza de la mujer, con un bozal de hierro diseñado tanto para humillar como para evitar que la persona que la llevaba (casi siempre una mujer) hablase, ya que si se atrevía a hacerlo, sufría una tortura física que consistía en la perforación de su lengua. Curiosamente, a esta brida también se la denominó «brida del cotilleo», tal y como señala Federici.

El mensaje era fuerte y claro. Las mujeres no debían reunirse en gremios ni en tabernas públicas para beber, conversar ni disfrutar de la compañía mutua. No debían compartir historias, sino que tenían que permanecer calladas y sumisas. En 1547, se declaró la «prohibición de que las mujeres se reuniesen para murmurar y hablar», y se ordenó a los maridos que «no dejasen a sus esposas salir de casa». Las mujeres que no se regocijaban con su recién estrenado cautiverio se ponían en riesgo y podían ser acusadas de brujería. Y durante los juicios, se las animaba (bajo pena de tortura) a delatar a sus amigas, hermanas, madres e hijas.

«Las amistades femeninas fueron uno de los objetivos de la caza de brujas», dice Federici. «Fue en este contexto en el que “gossip” pasó de tener un significado relacionado con la amistad y el afecto a otro vinculado a la denigración y al ridículo».

Incluso en la Biblia, se nos saluda con advertencias sobre mujeres chismosas, seguidoras de Satanás, como si se tratase de criaturas de las que hay que alejarse como de la peste.

Y con ello aprenden a estar ociosas y a ir de casa en casa. Y no solo a estar ociosas, sino también a ser chismosas y entrometidas y a hablar de cosas que no debieran. Quiero, pues, que las mujeres jóvenes se casen, tengan hijos, atiendan la casa y no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia. Porque ya algunas se han apartado en pos de Satanás.
Timoteo 5, 13-15

En su investigación, McAndrews descubrió un antiguo proverbio chino: «La lengua es la espada de una mujer, y nunca deja que se oxide», lo cual también sugiere no solo que el cotilleo es un defecto exclusivamente femenino, sino que, además, es algo a lo que hay que temer. Este fue el tema de su trabajo de investigación «The “sword of a woman”: Gossip and female aggression».

Aunque los proverbios no son revisados por expertos, McAndrew cree que su investigación demuestra que este no se aleja mucho de la realidad. «No es que las mujeres cotilleen y los hombres no, sino que lo hacen de manera diferente y les interesan distintas cosas», dice. Y existen muchas pruebas de que las mujeres son más propensas a «utilizar los chismes de una manera maliciosa y agresiva para condenarse entre sí».

McAndrews señala que las mujeres prefieren usar la agresión indirecta (el cotilleo), mientras que los hombres suelen optar por resolver los problemas mediante la confrontación física. Según los psicólogos evolucionistas, esto se debe a que la agresión indirecta es una estrategia de coste relativamente bajo que maximiza el daño infligido y minimiza los peligros. Los que difunden rumores suelen permanecer en el anonimato, lo cual hace que el riesgo de contraataque sea muy bajo. Algunos investigadores incluso sugieren que el hecho de que las mujeres tengan una mayor inversión parental hace que la agresión directa les resulte demasiado arriesgada.

Y si la información es poder, el cotilleo puede ser una de las armas más poderosas de nuestro arsenal. De hecho, es quizá una de las pocas que las mujeres, cuyo estatus en la sociedad apenas se ha igualado al de los hombres, siempre han tenido.

Hemos visto el beneficio de este efecto de red en el movimiento #MeToo, donde las mujeres, hartas de los canales formales de comunicación, utilizaron estas redes para protegerse entre sí de agresores, apoyarse mutuamente y reunir el valor necesario para contar sus historias y contraatacar.

Es algo que ya se vio en la antigua Grecia, donde no solo las mujeres, sino también los no ciudadanos, los esclavos o las personas de bajo estatus recurrían a los chismes debido a los pocos recursos de los que disponían en los tribunales de Atenas (donde ni siquiera tenían permitido comparecer). Solían propagar rumores para desacreditar a sus opresores, ya que sabían que los casos de los tribunales se basaban en gran medida en el carácter de los implicados, y los cotilleos podían ayudarles a ganar. Los chismes son poderosos, y ellos lo sabían. Aún lo sabemos.

Quizá hayamos usado el cotilleo como arma porque, históricamente, es una de las pocas que siempre hemos tenido. Las redes de cotilleo, rechazadas por el poder y la influencia, han ayudado a las mujeres a defenderse. Y aunque la palabra se ha usado para demonizar y aislar a las mujeres, podemos reclamar esas redes como una fuente de empoderamiento. Aunque nunca nos deshagamos de su mala reputación, siempre estarán ahí, esperando a escuchar todos los detalles sórdidos.