Los Friedman se casaron en mayo de 1917. Se habían conocido el año anterior (durante la Primera Guerra Mundial) en Riverbank Laboratories, un laboratorio de investigación privado dirigido por el excéntrico millonario George Fabyan y situado a las afueras de Chicago, Illinois.

Ella era Elizebeth Smith, una estudiante de Literatura Inglesa de Pensilvania de cabello castaño oscuro y rizado a la que le apasionaban el latín, el griego y el alemán. Él era William F. Friedman, un posgraduado en Genética cuyos padres habían huido de Moldavia para escapar del creciente antisemitismo de la Europa de 1890. Ambos fueron reclutados por Fabyan para desarrollar técnicas criptográficas que respaldasen la creencia de que Francis Bacon era el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Esta teoría se refutó más adelante, pero a Elizebeth y a William les trajo sin cuidado. Se conocieron, se enamoraron y se dedicaron a cosas más importantes.

Cuando estalló la guerra, el gobierno de Estados Unidos no disponía de servicios de inteligencia, así que Fabyan puso el laboratorio y sus recursos a disposición del gobierno de forma voluntaria. Con la ayuda de Elizebeth, Friedman instruyó a los miembros más destacados del gobierno en códigos y claves y, más adelante, llegó a convertirse en director del SIS (Servicio de Inteligencia de Señales), la división de descifrado de códigos de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Comenzaron a resolver enigmas, descifrar códigos y revelar los secretos de otros mucho antes de disponer de ordenadores que pudiesen ayudarles. Durante los siguientes treinta años, y con pocos o nulos conocimientos matemáticos, desarrollaron el campo de la criptología y descifraron miles de mensajes de las dos guerras mundiales (el más famoso de ellos fue un código extremadamente confidencial y muy complejo desarrollado por los japoneses al que se denominó Código Púrpura) que dejaron al descubierto secretos de contrabandistas, gánsteres y ejércitos internacionales.

Cuando el Congreso interrogó a Friedman acerca de las contribuciones de sus criptoanalistas, un almirante gritó: «¡Joder, ganaron la guerra!». Algunas personas los consideran los mejores criptólogos del mundo. Ella se convirtió en una especie de detective que colaboró con los servicios de inteligencia tanto estadounidenses como británicos para desenmascarar a confidentes y grupos de espías nazis. Él escribió un libro con el que se formaron varias generaciones de analistas de la Agencia de Seguridad Nacional o NSA, por sus siglas en inglés. Había pocas cosas que no fuesen capaces de descifrar.

Hasta que se toparon con el manuscrito Voynich.

El misterio irresoluble

Actualmente, este manuscrito de doscientas cuarenta páginas se encuentra en la biblioteca Beinecke Rare Book & Manuscript Library de Yale, donde se ha conservado durante los últimos cincuenta años. Nadie sabe quién lo escribió ni qué significado tiene su contenido. Sus ornamentadas letras no pertenecen a ningún alfabeto conocido, y sus dibujos (diagramas y pinturas de hierbas y flores de otro mundo, cartas astrales, símbolos astronómicos, mujeres desnudas bañándose en estanques verdes…) tampoco ofrecen mucha información.

De hecho, es tan poco lo que sabe sobre el manuscrito, que se le ha puesto el nombre de Wilfrid Voynich, el librero especializado en ejemplares raros que se topó con él en 1912. Pensó que podía ser una especie de enciclopedia sobre naturaleza de la Edad Media, pero nunca logró descifrarlo ni averiguar de qué época era ni de dónde procedía. Algunos intentos recientes han sido más exitosos y, en la última década, un equipo de investigadores ha logrado fecharlo a principios del siglo XV mediante el método del carbono, pero lo que no está tan claro es dónde ha estado durante esos cinco siglos.

René Zandbergen, uno de los principales expertos en el manuscrito, ha creado un sitio web dedicado por completo al mismo. Ha localizado a algunos de los propietarios que tuvo a lo largo de los siglos, desde 1639, cuando un ciudadano de Praga llamado Georgius Barschius escribió una carta a Roma, al jesuita Athanasius Kircher, en la que explicaba «que tenía en su poder un libro misterioso escrito en un alfabeto desconocido y profusamente ilustrado con imágenes de plantas, estrellas y secretos químicos».

En 1976, el profesor de Yale William Ralph Bennett se dio cuenta también de algo interesante. Estaba estudiando la entropía del alfabeto del manuscrito, o más bien su imprevisibilidad. Básicamente, cuanta menor sea la entropía de un idioma, más predecible será cualquier cadena de caracteres dada. Por lo tanto, si un idioma no tiene entropía, significa que, una vez que se averigua lo que significa el primer carácter, se sabe inmediatamente lo que significan los siguientes. Bennet se dio cuenta de que el alfabeto del manuscrito Voynich tenía una entropía muy baja. Tan baja que era diferente de cualquier lenguaje natural conocido, especialmente de los idiomas europeos.

Hay explicaciones muy detalladas acerca de los caracteres y las palabras que contiene el manuscrito. Sabemos que se lee de izquierda a derecha y de arriba abajo. Hemos detectado algunas similitudes con las abreviaturas latinas comúnmente utilizadas en la Edad Media. Hemos identificado algunas palabras como etiquetas y títulos. Pero parece que aún estamos lejos de entender lo que significan realmente.

Y al igual que ocurre con todos los misterios, a medida que iba creciendo su fama de enigmático, también se incrementaba su popularidad. Muy pronto, todo tipo de lingüistas, académicos y criptólogos de todo el mundo quisieron tener la oportunidad de poder descifrar el código. Hacían todo tipo de especulaciones y se preguntaban qué podría ser. ¿Una enciclopedia natural, como creía Voynich? ¿Un diario de fertilidad? ¿Un manual de sexo?

Finalmente, incluso los Friedman probaron suerte. Tenían libros de acertijos históricos que trataban de resolver en su tiempo libre. William bromeaba diciendo que trabajaba de vez en cuando, «pero solo en mis ratos libres en casa, por las noches, los sábados, los domingos y los festivos».

En The Woman Who Smashed Codes, un libro que escribió Jason Fagone sobre Elizebeth basándose en archivos de una biblioteca de Virginia que contenían cientos de cartas suyas, dice que «William analizaba su copia del manuscrito Voynich, un libro ilustrado de origen incierto escrito en un delicado alfabeto curvado que no se correspondía con ningún idioma conocido».

Al parecer, los Friedman dedicaron más de tres décadas a tratar de descifrar el libro hasta que, finalmente, se dieron por vencidos. Pero hay gente que no se ha rendido. Cada pocos años, alguien anuncia que ha resuelto el misterio. Precisamente en el 2017, el investigador histórico Nicholas Gibbs publicó un artículo en la prestigiosa revista Times Literary Supplement sobre cómo descifrar el código. Afirmó que se trataba de un manual de salud para mujeres cuyas letras eran abreviaturas latinas que podían descifrarse con un índice que ya no estaba en el manuscrito. Por desgracia para Gibbs, su momento de fama fue efímero. Muy pronto, los expertos comenzaron a refutar sus afirmaciones y a decir que su análisis «era una mezcla de cosas que ya se sabían y otras que eran imposibles de demostrar».

Algunos creen que el manuscrito Voynich no es más que una broma. La hipótesis favorita de Zandbergen es que era obra de un bromista o que quizá se había utilizado para entrar en algún tipo de sociedad secreta de la época. Con los años, comenzó a creer que la pregunta a la que había que responder era a la de cómo se había hecho, más que a la de qué significaba.

Y tal vez Zanbergen tenga razón. Quizá el motivo por el cual no se ha resuelto hasta ahora sea porque no hay nada que resolver. Entonces, ¿por qué se sigue intentando?

Una historia interminable

Quizá la razón más importante es que, después de haber dedicado siglos de esfuerzos a tratar de descifrar el código, después de todo el trabajo que han llevado a cabo criptólogos, historiadores, lingüistas, matemáticos e incluso aficionados, tal vez no estemos listos para admitir una derrota. Tal vez aquellos aficionados a descifrar códigos que, al igual que los Friedman, se hayan dedicado a tratar de resolver este misterio durante décadas no puedan soportar el hecho de que no haya nada que resolver y que, en el mejor de los casos, sea una broma de un caballero del siglo XV con una imaginación desbordante y mucho tiempo libre.

De hecho, el atractivo del manuscrito Voynich es el mismo que el de cualquier otro misterio. La emoción de la investigación, la búsqueda constante de sentido, la necesidad de encontrar el orden en un mundo caótico. La parte irónica es que, a juzgar por la rapidez con la que se intentan refutar las teorías de cualquier persona que afirme haber resuelto el misterio, no queremos que se resuelva. Quizá la mayoría de nosotros, incluso los que intentamos descifrar el código, deseamos en secreto que esta búsqueda no termine nunca. Porque da igual lo emocionante que pueda ser llegar a averiguar los secretos que esconden esas extrañas ilustraciones y personajes, tan pronto como el misterio se resuelva, la emoción se acabará.

¿Y con qué llenaríamos el vacío que quedaría tras haber resuelto uno de los mayores misterios del mundo?