Cuando Monotype presentó el primer rediseño en 35 años de la tipografía favorita de la comunidad internacional de diseño, Helvética, me senté y esperé pacientemente a que nuestros diseñadores reaccionaran. Sin embargo, el mensaje de Slack a través del cual se compartió la noticia solo recibió un emoji de punto y coma, otro de asombro y un corazón, y ninguna de las personas que reaccionaron se dedicaba al diseño. A menos que sufriesen una crisis colectiva en un canal privado, es lógico asumir que les gustó la nueva Helvética Now.

Esperaba una reacción por parte de algún experto en tipografía, ya que estos suelen tener opiniones muy firmes en lo que respecta a estos temas. Pueden decirte el motivo exacto por el cual no puedes utilizar Georgia en una presentación de Keynote o por qué razón Tahoma funciona mejor con un tamaño de 12 puntos que de 11. Y algunos de ellos te explicarán incluso por qué Arial no es más que una imitación barata de Helvética. La mayoría de ellos están de acuerdo en que bajo ningún concepto deben usarse Papyrus ni Comic Sans.

Esta última es un ejemplo claro de lo nefasta que puede llegar a ser una tipografía, aunque se haya diseñado con la mejor de las intenciones. Su creador, el diseñador tipográfico Vincent Connare, trabajaba en Microsoft en ese momento y pensó que había algo en el diseño de Microsoft Bob , una interfaz más sencilla de utilizar para los sistemas operativos de Windows, que no resultaba lo suficientemente atractivo. Y ese algo era su tipografía. Era demasiado formal para una interfaz en la que aparecía una salón de dibujos animados y personajes que parecían sacados de un programa infantil de los años 1990s. Así que decidió crear una tipografía más adecuada basada en los cómics de DC y Marvel que le gustaba leer. Así es como nació Comic Sans. Poco después, Microsoft Bob desapareció, pero Comic Sans, su mala reputación y nuestra aversión hacia ella aún siguen vivas.

Pero si la reacción colectiva a Comic Sans cuando se creó en 1994 no hubiera sido tan mala, ¿seguiría teniendo el mismo efecto negativo en los lectores hoy en día? ¿Y cómo es que las tipografías se han vuelto tan poderosas que, en algunos casos, llegan a ser más importantes incluso que el propio texto?

La importancia de lo estético

El 9 de julio de 2012, el escritor y cineasta Errol Morris publicó un artículo en el blog The New York Times Opinionator titulado: «¿Eres optimista o pesimista?». Incluía un breve pasaje del libro de David Deutsch, The Beginning of Infinity , sobre la probabilidad de que un asteroide golpease y destruyese la Tierra. Morris planteaba la siguiente pregunta a los lectores: «¿Es cierto que vivimos en una era de seguridad sin precedentes?». Y los lectores tenían que seleccionar «sí» o «no», lo cual serviría para determinar si eran optimistas o pesimistas.

Pero… ¡sorpresa! Lo que Morris trataba de evaluar no era si los lectores veían el vaso medio vacío o medio lleno. De hecho, se les mostró el texto en distintas tipografías: Baskerville, Computer Modern, Georgia, Helvética, Comic Sans y Trebuchet. Lo que Errol pretendía averiguar era si los distintos tipos de letra tenían un efecto diferente en los lectores e influían en su opinión sobre la veracidad de la afirmación.

Concluyó que sí. Los que leían el texto en Baskerville tenían más probabilidades de estar de acuerdo con él que los que lo leían en Helvética o Comic Sans. David Dunning, profesor de Psicología de la Universidad de Cornell que ayudó a Morris a diseñar este experimento, explica que «las tipografías tienen distintas personalidades», y no debería sorprendernos que Baskerville, un tipo de letra más establecido y formal, inspire más confianza a los lectores que Comic Sans, que tiene un estilo más infantil.

Pero Morris no ha sido el único que ha hecho experimentos basados en la premisa de que las personas asocian las distintas tipografías con diferentes personalidades. En el 2006, Phil Renaud, un estudiante de la Universidad de Windsor, ya había escrito sobre un experimento no intencional que había realizado sobre el mismo tema.

Durante su sexto semestre en la universidad, Renaud se percató de que sacaba mejores notas en los trabajos, a pesar de no haber dedicado más tiempo a sus estudios al final de la carrera. Todo lo contrario. Durante su segundo año de carrera tuvo más tiempo libre para estudiar y, sin embargo, fue entonces cuando sus notas bajaron. Renaud, que almacenaba copias de todos los trabajos que había hecho, decidió echarles un vistazo para tratar de encontrar algún patrón en sus notas. La única explicación posible que pudo encontrar fue la tipografía que había utilizado para escribir los trabajos.

De un total de 52 trabajos, 11 estaban en Times New Roman y tenían una nota media de sobresaliente, 18 estaban en Trebuchet MS y tenían una nota media de notable, y 23 estaban en Georgia, con una nota media de sobresaliente también. En un intento por tratar de explicar este fenómeno, Renaud escribió:

Georgia es lo suficientemente parecida a Times como para mantener su estilo académico, pero también lo suficientemente diferente como para suponer un alivio para el alumno. Trebuchet parece desencadenar un efecto negativo, tal vez por el hecho de que no resulta fácil de leer en formato impreso, o quizá porque su aspecto es más propio de un artículo de un blog que de una publicación académica.

Y aunque no llevó a cabo este experimento a propósito y no cree que ningún profesor califique con una nota más baja un trabajo escrito en Trebuchet que uno escrito en Georgia, sí que opina que es posible que, de una forma subconsciente, una persona vea algo escrito en Serif y piense que es «adecuado y académico», mientras que, si está escrito en Sans, es más probable que considere que está «centrado en el estilo y no en el contenido, así que es posible que carezca de integridad».

No es tan subconsciente la forma en la que las personas suelen responder a la información escrita en Comic Sans. Posiblemente sea la tipografía que más reacciones negativas provoca en los lectores.

Cuando el CERN confirmó la existencia del bosón de Higgs, se lo comunicaron al mundo mediante una presentación escrita en Comic Sans. La gente estaba tan indignada por ello que, una hora después de que se hiciese pública la noticia, #ComicSans era tendencia en Twitter, mientras que #GodParticle, un tema mucho más importante, se había quedado atrás.

Solo mi tipo

Desde el punto de vista del diseño, Comic Sans es una tipografía mal diseñada que resulta desagradable a la vista. Hace un par de años, el diseñador y escritor David Kadavy explicó exactamente el por qué en Design for Hackers.

Las letras de Comic Sans son desproporcionadas en cuanto a su «impacto visual» o «textura», que es lo que determina la legibilidad de una tipografía. El «ajuste de las letras», que es la «consideración dada a las formas de las mismas para permitir que se unan de una manera uniforme», tampoco es adecuado. Las tipografías diseñadas de esta manera pueden dar lugar a espacios extraños entre ciertas letras y a que la distancia entre unas y otras sea variable.

Pero esos graves errores de diseño de la tipografía Comic Sans pueden pasar desapercibidos ante los ojos de personas inexpertas, y no son el motivo por el cual este tipo de letra desagrada tanto a la gente.

Para los que no tienen nociones de esto, Comic Sans debe su mala reputación no a la forma en la que está diseñada, sino a su uso generalizado y, generalmente, inadecuado. Desde su presentación por parte de Microsoft Bob, esta tipografía comenzó a distribuirse con Microsoft Windows y llegó a manos de usuarios que, anteriormente, tenían muy pocas opciones para elegir. Cualquier tipografía disponible, incluida Comic Sans, podía usarse ahora en todo tipo de textos, desde trabajos escolares hasta postales navideñas o carteles de tiendas. Fue este uso generalizado, incluso en documentos formales y serios, lo que otorgó a Comic Sans (una tipografía divertida y sin pretensiones) su fama de infantil e inapropiada.

Este es también el motivo por el que asociamos otras tipografías con formalidad, seriedad o credibilidad. Times New Roman, por ejemplo, se creó por encargo del periódico británico The Times en 1931, pero su uso se extendió a libros impresos y a publicaciones generales. Esta tipografía también se ofreció a través de Microsoft Windows, y rápidamente se convirtió en una opción muy utilizada en trabajos escolares y otros documentos formales. Si un periódico y diversos editores la utilizaban, es porque debía tratarse de una opción acertada.

Lo mismo ocurre con Baskerville, la tipografía que generó más confianza en el experimento de Errol Morris. Fue diseñada en los años 1750s por John Baskerville, un empresario inglés que se embarcó en la misión de imprimir libros de alta calidad en un momento en el que no se daba importancia a este aspecto y se utilizaban tipografías clásicas. Y aunque fuese algo revolucionario en su momento, Baskerville nos genera actualmente una sensación relacionada con los libros antiguos y el conocimiento.

Nuestra imaginación colectiva está llena de conexiones subconscientes con diferentes tipografías que son las que nos hacen saber, casi instintivamente, qué tipo de letra elegir en cada ocasión. Eso no quiere decir que la forma en la que se diseñan las tipografías no tenga importancia. Afecta a la legibilidad, es decir, a la facilidad con la que se entienden y se leen los caracteres que nuestros ojos y cerebro deben procesar a medida que leemos el texto, la cual varía en función de la tipografía en la que esté escrito. Pero cuando se trata de determinar si un tipo de letra es bueno o malo, no nos importa realmente su impacto visual.

Lo principal es conocer el contexto y el público objetivo. Puedes pasarte horas redactando el texto perfecto y luego estropearlo todo porque lo presentes de una forma inadecuada para esa situación concreta. Seguramente no enviarías invitaciones para una fiesta de cumpleaños de un niño de cinco años escritas en Times New Roman, pero Comic Sans no sería tan mala opción. Es posible que a los adultos no les guste, pero a los niños sí. Justo lo que pretendía Vincent Connare.