¡Acabemos de una vez con la discriminación por el acento!

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Artwork by Mantraste

King John, Jafar y el doctor Heinz Doofenshmirtz entran a un bar. King John pide una copa de vino, Jafar se queja al encargado por tener que dejar a su loro fuera, y Doofenshmirtz murmura algo sobre el tiempo. Todas las demás personas que se encuentran en el bar hablan con acento estadounidense estándar, mientras que King John y Jafar hablan en inglés británico, y el doctor Doofenshmirtz tiene una especie de acento alemán.

Bromas aparte, en la mayoría de ocasiones, los villanos de los dibujos animados para niños que se emiten en inglés son extranjeros, y su acento es diferente al de los héroes. El acento británico es, de hecho, la opción más elegida para los malos según un estudio llevado a cabo por Julia R. Dobrow y Calvin L. Gidne en 1998 . Los acentos alemanes y eslavos también son muy comunes. Además, los compinches de los malos suelen tener acentos de idiomas o dialectos asociados con un nivel socioeconómico bajo, y ninguno de los villanos de los doce programas analizados hablaba en inglés estadounidense estándar.

Aunque los niños pequeños ni siquiera notan la diferencia, es obvio que los adultos que inventan las historias sí lo hacen, y eligen a propósito esos acentos para los personajes. Los dibujos animados son juego y diversión, hasta que comienzan a enviar mensajes tendenciosos a los niños al representar a la mayoría de los villanos como extranjeros, lo cual es probable que contribuya a acentuar la discriminación existente en la sociedad.

Échale la culpa al cerebro

El acento puede tener distintos significados para cada persona, pero, para simplificar, representa la forma en la que un grupo específico de personas, particularmente los nativos de una región concreta, se comunican. Nada menos que las palabras que utilizamos y cómo suenan.

Los acentos se pueden clasificar en dos categorías. El primer tipo de acento es con el que hablamos nuestra lengua materna. Está determinado por muchos factores socioeconómicos diferentes, pero, sobre todo, por el lugar donde nacemos o vivimos. Por lo general, es muy fácil saber de dónde procede una persona en función de su acento. Solo hay que pensar en las diferencias existentes entre el norte y el sur en muchos países. El acento de una persona de Liverpool es muy diferente al de un londinense de pura cepa. Un madrileño te dirá «gracias», mientras que un sevillano se comerá la «s» y pronunciará algo más parecido a «gracia». Y, en el norte de Portugal, al vino se le llama «binho» en lugar de «vinho».

El segundo es un acento extranjero, la forma en la que pronunciamos cuando hablamos un segundo idioma utilizando las reglas o los sonidos de nuestro idioma nativo. Por ejemplo, es posible que escuches decir a un nativo portugués «I can’t ear you», en lugar de «I can’t hear you». No es una mala traducción de una expresión equivalente, es solo que el sonido «h» de «house» o «herb» no existe en el idioma portugués.

Hay una estrecha relación entre el aprendizaje de un nuevo idioma y la adquisición de un acento. Los niños aprenden la pronunciación nativa de un segundo idioma más fácilmente que los adultos. Esto se explica por el concepto de neuroplasticidad. En neurociencia, «plasticidad» se refiere a la capacidad que tienen los materiales para cambiar y ser moldeados en diferentes formas. Un cerebro que aún se encuentra en periodo de crecimiento y desarrollo es capaz de adaptarse más fácilmente. La neuroplasticidad suele disminuir a medida que envejecemos, y los acentos pueden cambiar hasta que cumplimos 20 años, más o menos, momento a partir del cual parece que se «fijan» en nuestro cerebro.

Pero los acentos, tanto nativos como extranjeros, pueden cambiar incluso durante la edad adulta. Un acento nativo es más fácil de cambiar, porque es el mismo idioma con una pronunciación diferente. Algunas personas incluso lo cambian inconscientemente y lo adaptan al acento dominante de la región donde viven.

En lo que respecta a los acentos extranjeros, la mayoría de los investigadores están de acuerdo en que adquirir un acento similar al nativo cuando se estudia un segundo idioma es casi imposible para un adulto. Aunque algunas personas son capaces de hacerlo, depende en gran medida de cuál sea tu idioma nativo. El japonés, por ejemplo, tiene 5 vocales y 17 fonemas. El inglés tiene 10 vocales, excluyendo diptongos, y 44 fonemas. A los japoneses les resulta difícil aprender inglés, y mucho más imitar el acento nativo, ya que hay sonidos en el idioma inglés que no son capaces de distinguir, como las «erres» o las «eles», ya que no existen en el idioma japonés.

Si no estamos acostumbrados a ellos, los acentos extranjeros pueden ser difíciles de entender. Generalmente, alguien que habla en un idioma que no es el suyo hace más pausas y utiliza sonidos diferentes a aquellos a los que estamos acostumbrados. También tiende a acentuar las palabras y las oraciones de manera distinta. Esta es la base científica que explica la existencia de un cierto nivel de rechazo hacia los acentos extranjeros, aunque se trata únicamente de la forma que tiene nuestro cerebro de procesarlo todo.

Eres como hablas

A pesar de que nuestros cerebros están programados para reconocer los acentos extranjeros, los estereotipos que adquirimos mediante la socialización y la cultura son los responsables de las opiniones preconcebidas que tenemos de las personas.

La buena noticia es que los estereotipos provienen de influencias externas y no se fijan en ningún lugar de nuestro cerebro, lo que significa que podemos superarlos cuestionando nuestros prejuicios. Típicamente, los estereotipos se perpetúan cuando un miembro de un grupo se comporta como esperamos, lo cual confirma el estereotipo, o cuando el aspecto emocional del prejuicio nos supera y gana la batalla a los argumentos racionales que hablan en contra de los estereotipos.

Puedes preguntarte, por ejemplo, si te inspiraría más confianza un médico con acento nativo o uno con acento extranjero. No hace falta que respondas, pero hay investigaciones que demuestran que la mayoría de nosotros preferiríamos a un médico con acento nativo.

Según un estudio realizado por la psicolingüista Shiri Lev-Ari, «es menos probable que creamos algo si nos lo dicen con acento extranjero». En este estudio, hablantes nativos y no nativos de lengua inglesa grabaron afirmaciones sencillas como «las hormigas no duermen». Después, dichas afirmaciones se reprodujeron únicamente ante hablantes nativos para que las calificaran de más a menos ciertas. Las declaraciones con más acento extranjero se consideraron las menos verdaderas, a pesar de tener exactamente el mismo contenido que las afirmaciones con acento nativo.

Un estudio diferente demostró que «tardamos menos de treinta segundos en catalogar lingüísticamente a un hablante y atribuirle un origen étnico, una clase socioeconómica y una procedencia». No necesitamos ni medio minuto para formarnos una idea estereotipada y prejuiciosa de alguien en función de su país de origen.

La discriminación por el acento parece estar aceptada socialmente, al contrario que sucede con otras formas de discriminación, más claramente basadas en la raza o la nacionalidad. Y, en términos de legislación, la mayoría de los países aún no protegen a sus ciudadanos contra esto.

En EE. UU., la ley protege a las personas frente a la discriminación por el acento en el lugar de trabajo, a menos que dicho acento interfiera con las funciones específicas que deben desempeñar. Eso si pasan la fase de entrevista y consiguen el trabajo. La mayoría de las veces, incluso los médicos, ingenieros o abogados más cualificados tienen dificultades para encontrar un empleo fuera de sus países de origen. No porque no tengan las habilidades necesarias, sino porque los empleadores toman la decisión en función de los prejuicios basados en los acentos.

En Francia, los políticos están tratando de que la «glotofobia», un término recientemente acuñado para denominar la discriminación basada en la pronunciación y el tono, constituya un delito penal. Esto ha ocurrido después de que Jean-Luc Mélenchon, un excandidato presidencial, se burlara públicamente del acento de una periodista de Toulouse y afirmase que lo que decía eran tonterías, y que si alguien más tenía alguna pregunta en «francés más o menos comprensible», refiriéndose al dialecto parisino estándar.

Estamos más expuestos que nunca a diferentes acentos, tanto en el lugar de trabajo como en nuestra vida personal. En 2017, 258 millones de personas vivían fuera de sus países de origen, por lo que es muy probable encontrarse con personas que hablan nuestro idioma con un acento no nativo, ya sea en el departamento de contabilidad de nuestra empresa, en la consulta del médico o en el Starbucks más cercano. Esto también significa que muchos hablamos con un acento no nativo, incluida la autora de este artículo. Sin embargo, esta exposición a diferentes nacionalidades y procedencias no parece que nos haga más tolerantes.

Tras los pasos de Eliza Doolittle

Incluso los acentos de las distintas regiones de un mismo país pueden constituir una barrera para la movilidad y el empleo. Daniel Lavelle explicó a The Guardian cómo se apuntó a una «sesión de prueba para suavizar el acento» tras mudarse a Londres y ser ridiculizado por su acento de Mánchester. No es el único. Cada vez más jóvenes profesionales se apuntan a clases de «mejora de la voz» con la idea de que una «pronunciación aceptada», también conocida como «inglés de la reina», que apenas habla el 3 % de la población, mejorará sus posibilidades en el contexto profesional altamente competitivo de la capital británica. Los tutores o profesores de dicción están haciendo su agosto. En plataformas como Superprof o Tutorpages se anuncian miles de usuarios que ofrecen clases individuales a un precio aproximado de 50 libras por hora.

Al igual que Disney retrata a los villanos como extranjeros, los medios de comunicación del sur del Reino Unido describen a los del norte como simplones. Debido a ello, Lavelle, un galardonado periodista con una licenciatura y un máster, aún es considerado como una persona menos competente por algunos miembros de la sociedad londinense debido a la forma en la que habla.

Medir la competencia lingüística de una persona y juzgarla en función de su acento equivale a juzgar a alguien por su apariencia. Aunque nuestro acento pone de manifiesto de dónde venimos o con quién salimos, es un indicador superficial de nuestras aptitudes, de los rasgos de nuestra personalidad o de nuestra posición social. Los niños estadounidenses se están familiarizando con el acento británico gracias a la popular serie de dibujos animados Peppa Pig, pero eso no los convierte en miembros de la realeza.

Aún queda un largo camino por recorrer hasta que consigamos eliminar todas las formas de discriminación de la sociedad, pero revertir la tendencia descrita en el estudio de Dobrow y Gidne de 1998 exponiendo a los niños a diferentes acentos sin atribuirles ninguna connotación negativa sería un paso importante.

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