Tus ojos ardientes
me miran de forma diabólica.
No estés tan lleno de acusaciones,
al fin y al cabo, un manjar es un manjar,
y tus ojos, fríamente gelificados,
se deslizarían tan deliciosamente por mi garganta
si tan solo dejaras de mirarme.

Sue Flay

Solían bromear diciéndole que debería hacer cosas más importantes con su tiempo.

Cuando Masahiro Mori comenzó su labor como docente en el Instituto Tecnológico de Tokio, Japón no estaba muy interesado en la robótica. De hecho, nadie se hubiera atrevido a solicitar una subvención al Ministerio de Educación para iniciar un proyecto relacionado con robots. Tal y como él mismo explica en una entrevista concedida a IEEE Spectrum, una revista de ciencias aplicadas e ingeniería, era una situación «demasiado incómoda».

«Creían que era frívolo trabajar en algo que se consideraba un juguete».

Pero parece que ya nadie piensa eso. Masahiro Mori se convirtió en un pionero en el campo de la robótica. Es el fundador de Robocon, el primer concurso de construcción de robots de Japón, y el director del Instituto de Investigación Mukta, que estudia la relación entre robots, espiritualidad y religión.

A sus 92 años, ya no construye robots. Pero aún ofrece servicios de consultoría sobre robotización a corporaciones, y todavía muestra con entusiasmo los diseños de robots de sus viejos cuadernos. «Déjame que te enseñe un cuaderno de bocetos que tengo de aquella época. Estos son de los años sesenta, de antes de que las fotocopias de Xerox estuviesen disponibles en Japón».

La creación de robots inquietantes

Desde que era niño, Mori odiaba las figuras de cera. Tenían algo que lo asustaba, aunque no sabía exactamente el qué. No obstante, fue su fascinación por las cosas extrañas lo que lo condujo directamente al valle inquietante.

Hace casi cincuenta años, en 1970, Mori, que por aquel entonces era un investigador de cuarenta y tres años, publicó un ensayo en la revista alternativa japonesa Energy titulado « Bukimi No Tani Genshō». En él, predecía que los robots resultarían más agradables a medida que se pareciesen más a los humanos. Al menos, hasta llegar a cierto nivel de semejanza.

Portada de la revista Energy, 1970

Pensemos en los robots industriales, por ejemplo. Tal y como Mori escribe en el artículo original, su diseño se basa claramente en la funcionalidad. «Son robots que solo son capaces de extender, contraer y girar los brazos. No tienen cara ni piernas, así que no parecen muy humanos». Y, por lo tanto, no nos sentimos muy identificados con ellos. Pero, a medida que se añaden más rasgos humanos, como pueden ser dos brazos, dos piernas, un torso y una expresión amistosa y despierta, comenzamos a sentir una mayor afinidad. Por eso nos encanta Wall-E y su mirada frágil y esperanzada, o Baymax, el robot cuidador hinchable de Big Hero 6.

Pero luego, a medida que la apariencia se asemeja a la humana, se llega de forma inevitable al valle inquietante, un incómodo término medio donde no todo es necesariamente mejor y los robots no nos resultan agradables. Siempre somos capaces de distinguir a un robot, incluso aunque tenga un aspecto idéntico al de un ser humano. Simplemente, hay algo que no termina de cuadrar. Tal vez sea una sonrisa un poco fuera de lugar. O una sacudida repentina de la cabeza. Quizá sea su mirada, que parece no cruzarse nunca con la nuestra. Sea lo que sea lo que nos haga darnos cuenta, siempre se produce un descenso vertiginoso en la simpatía. De repente, se nos ponen los pelos de punta.

«Se podría decir que la mano protésica ha alcanzado un grado de semejanza con la humana similar al que tienen los dientes postizos con los reales. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de que la mano que en un primer momento nos parecía real es en realidad artificial, experimentamos una sensación inquietante», afirma Mori.

El concepto del valle inquietante no llamó mucho la atención cuando el artículo se publicó por primera vez. Pero en el 2005, se mencionó en la conferencia del IEEE sobre robots humanoides y, desde entonces, se ha estudiado por un grupo de especialistas en robótica, psicólogos, filósofos, antropólogos y diseñadores.

Y aunque algunos lo descartan como demasiado simplista, varios psicólogos de Stanford y de la Universidad de California han encontrado razones para creer que es real. Estudiaron las reacciones de los trabajadores de una plataforma de «crowdsourcing» ante ochenta rostros de robots reales. Tenían que calificarlos en función de si les parecían más o menos mecánicos o humanos y de lo agradable o placentero que creían que sería interactuar con ellos a diario. Al representar estas puntuaciones en un gráfico, los investigadores se toparon con el valle inquietante: a medida que los robots se volvían más realistas, la simpatía que se sentía hacia ellos aumentaba, después descendía de forma significativa y, finalmente, volvía a incrementarse.

«Navigating a social world with robot partners: A quantitative cartography of the Uncanny Valley», un trabajo de investigación de Maya B. Mathur y David B. Reichling

Al final de su artículo, Mori se preguntaba si existía alguna razón que explicase esa sensación de inquietud tan característica del ser humano. «¿Es esencial para nosotros?».

Sobre la naturaleza de lo inquietante

No es fácil explicar este sentimiento, aunque a todos nos resulta familiar. Y es por este motivo por el que Francis T. McAndrew, psicólogo social y profesor del Knox College, decidió estudiarlo.

«Empecé a preguntar a la gente qué quería decir cuando utilizaba esa palabra. “¿Significa que tienes miedo?”». Y decían que no, que no era eso exactamente. Luego les preguntaba: «¿Significa que te produce desagrado?». Pero no, tampoco querían decir eso exactamente. Y sin embargo, «todo el mundo estaba de acuerdo en que esa sensación de inquietud existía». Pero cuando trató de buscar información sobre lo que otros psicólogos e investigadores habían escrito sobre el tema, no encontró nada.

«No había ni un solo estudio al respecto».

Así que decidió estudiarlo él mismo. Con la ayuda de una estudiante, Sara S. Koehnke, reunió a 1341 participantes, con edades comprendidas entre los 18 y los 77 años, y les pidió que calificasen la sensación de inquietud que les provocaban diferentes comportamientos y características físicas, como «cabello graso», o «no mira nunca a los ojos». También solicitaron a los participantes que calificaran la sensación de inquietud que les producían distintas profesiones y aficiones y, en la cuarta y última sección, les pidieron que expresaran su grado de acuerdo o desacuerdo en relación con determinadas afirmaciones para averiguar por qué se sentían de esa manera, como por ejemplo: «Me siento incómodo porque no puedo predecir cómo va a comportarse».

Aunque los resultados obtenidos son completamente anecdóticos, McAndrews advierte que corroboran la hipótesis de que esta sensación de inquietud es una respuesta adaptativa evolucionada, un estado de mayor ansiedad provocado por la incertidumbre sobre si existe o no una amenaza real. Según él, «un subproducto evolucionado de la psicología humana que nos permite mantener el estado de alerta durante los momentos de incertidumbre».

Y es que la incertidumbre es clave para entender este concepto. Si alguien te apunta con un arma a la cabeza, estás claramente en peligro, te sientes aterrorizado (y con razón), pero difícilmente describirías la situación como «inquietante». «Lo que nos hace sentir esa sensación no es la presencia de un peligro claro», explica. «Es la incertidumbre de no saber si realmente existe peligro o no».

Observó otras cosas interesantes. Por ejemplo, según los 1341 participantes (y seguro que la mayoría de la gente está de acuerdo), los profesionales que generan una mayor sensación de inquietud son los payasos, seguidos por los taxidermistas y los dueños de tiendas eróticas. Los payasos han sido el foco de atención últimamente, tras la reciente adaptación cinematográfica de la novela It, de Stephen King, y los avistamientos de payasos ocurridos en EE. UU. en el 2016. Pero existe un motivo por el cual los payasos comenzaron a aparecer en las películas de terror.

«Tienen todo lo necesario para ponernos en guardia», afirma McAndrew. «No se pueden descifrar sus emociones. Tienen la sonrisa pintada y rasgos exagerados, como el pelo, la nariz o los zapatos. Y una de sus características fundamentales es la picardía. Si vas al circo y un payaso saca a alguien del público, seguro que no va a suceder nada bueno».

Son impredecibles. No juegan según las reglas. «Y si no entienden esas reglas, ¿qué otras reglas podrían llegar a saltarse?».

Prefiero no pensar en ello. Pero cuando veo a una incómoda Sophia saludar a la audiencia durante la Web Summit para hablar sobre inteligencia artificial, no siento el mismo terror que cuando Pennywise, el Payaso Bailarín, se asoma por la alcantarilla, le arranca el brazo a Georgie, de solo seis años, y lo arrastra hacia dentro, haciéndolo desaparecer para siempre. El valle inquietante no se debe únicamente a la incertidumbre de no saber si existe una amenaza real o no. Cuando McAndrew decidió estudiar la naturaleza de esta sensación, no pensó en el valle inquietante. Pero desde entonces, ha pensado mucho en ello.

«Es un poco diferente», explica. «Es otro tipo de incertidumbre. No estamos seguros de lo que sucede, pero nos encontramos con algo que actúa como si fuese un ser humano, aunque somos conscientes de que no lo es. Y ahí es donde surgen los pensamientos conflictivos que crean tensión. Nos sentimos incómodos porque no somos capaces de catalogarlo».

Más allá de la categorización

Una de estas cosas no es como las otras,
una de estas cosas llama la atención.
¿Puedes decirme cuál es diferente
antes de que termine esta canción?

El psicólogo alemán Jentsch también creía que las cosas que no somos capaces de categorizar nos hacen sentir incómodos. En su ensayo de 1906 «Zur Psychologie des Unheimlichen», traducido al inglés por primera vez en 1995 como «On the Psychology of the Uncanny» (sobre la psicología de lo inquietante), explica lo que desde entonces se ha denominado «hipótesis de la incertidumbre categórica». Jentsch afirma que no trata de definir la esencia de lo inquietante, sino más bien de descubrir por qué nos sentimos de esa manera. La única definición que se nos ofrece es la de la palabra «unheimlich».

«Este término es una creación muy acertada del idioma alemán. Sin lugar a dudas, esta palabra parece expresar que alguien a quien le sucede algo inquietante no se siente cómodo o a gusto en la situación en cuestión, ya que esta es, o al menos le resulta, extraña».

Nos gustan las cosas familiares. Las tradiciones y rutinas nos aportan bienestar. Sin embargo, Jentsch señala que nos enfrentamos a lo inusual con «desconfianza, inquietud e incluso hostilidad». Tal y como él mismo explica, «mientras la persona en cuestión tenga dudas sobre la naturaleza del objeto, el sentimiento de pánico persistirá».

A pesar del hecho de que este ensayo se escribió hace más de un siglo, Jentsch señala de forma acertada el fallo de diseño que se analizaría sesenta años después en el ensayo de Mori, así como posteriormente: «Es de considerable interés ver cómo el verdadero arte, con moderación sabia, evita la imitación total y absoluta de los seres vivos y naturales, sabiendo que tal imitación puede producir fácilmente inquietud».

Una perversión de la humanidad

En ocasiones, se desea provocar esta inquietud, y el método más efectivo para lograrlo es generar incertidumbre en las personas acerca de la naturaleza del personaje que tienen delante. ¿Es humano? ¿Es otra cosa totalmente diferente?

Algunos investigadores sugieren que el verdadero motivo que explica la existencia del valle inquietante es un incumplimiento de las expectativas de la humanidad. Una abominación en el orden natural de las cosas. Tal y como Mori describió en el caso de la mano protésica, existe un desajuste entre su apariencia humana y su comportamiento, que no resulta nada humano, ya que es fría, tiene una textura diferente, y la sujeción que proporciona es floja debido a la ausencia de huesos.

Algunos investigadores han ido un paso más allá al formular la hipótesis de la conciencia de la propia muerte. Argumentan que estas réplicas parecidas a los humanos nos recuerdan nuestra propia mortalidad, lo cual «conduce a una sensación de inquietud provocada por el miedo a la muerte». Y tiene sentido, especialmente si pensamos en cadáveres y zombis.

Dado que el valle inquietante provoca sentimientos tan perturbadores, ¿por qué alguien querría arriesgarse a adentrarse en él?

Masahiro Mori sigue creyendo que no debe cruzarse el valle inquietante. No es que no sea posible, es que, según su opinión, no merece la pena. «Es posible crear afinidad de forma deliberada mediante diseños no humanos», explicó a IEEE. Tomemos como ejemplo a Asimo, un humanoide de unos 45 kilos y casi 130 centímetros de altura diseñado por uno de los estudiantes de Honda a comienzos del siglo XXI. A pesar de que posee algunos rasgos claramente antropomórficos (dos piernas, dos brazos, un torso, una cabeza) y a que se ha actualizado muchas veces a lo largo de los años, Asimo no trata necesariamente de parecer humano.

«Siempre les digo que se detengan ahí. ¿Para qué arriesgarse y tratar de acercarse al otro lado? En mi opinión, ni siquiera es interesante desarrollar un robot que tenga una apariencia idéntica a la de un ser humano», agrega.

Con los avances que se han producido en el campo de la IA, la realidad virtual e incluso el diseño de juegos, creo que debemos preguntarnos si realmente merece la pena cruzar el valle inquietante. Tal vez nuestro complejo de dioses no justifique que hagamos pasar a la gente por una experiencia que le ponga los pelos de punta.

Tanto si decidimos seguir tratando de crear robots similares a los humanos en el futuro como si aceptamos el consejo de Mori y optamos por seguir una ruta más creativa, si hay algo que nos deja claro el valle inquietante es que no nos gusta la incertidumbre.

«Nos gustan las cosas predecibles», afirma McAndrew. «Todo aquello que nos impide categorizar las cosas o saber si nos enfrentamos a una amenaza nos resulta desagradable y nos empuja a hacer todo lo posible para despejar nuestras dudas. Así que creo que si algo hemos aprendido, es que nos gustan las respuestas claras ».

Y si podemos obtenerlas sin que aparezcan robots infernales en nuestros sueños (y en nuestras vidas), mejor que mejor.