El primer Emojicon se celebró en San Francisco en noviembre del 2016. Emojicon es el encuentro insignia de Emojination, una comunidad que espera, y cito, «democratizar la aprobación de los emojis». Esto se recoge en el manifiesto «Emojis por el pueblo y para el pueblo»que aparece en su sitio web, justo debajo de un logo irritantemente pixelado.

A primera vista, es posible que te preguntes si no es un poco exagerado, si el proceso de aprobación de los iconos que van a estar disponibles en los teléfonos móviles es lo que la gente realmente necesita que se democratice (tal vez sí, si ese es el mejor logotipo que han podido encontrar para representar su movimiento). Pero quizá no.

La sociedad ha evolucionado de una forma que pocos habrían podido predecir hace diez o veinte años y, hoy en día, para bien o para mal, todo el mundo está obsesionado con los emojis. Las propuestas para nuevos emojis han generado desde polémicas generalizadas hasta elogios casi unánimes y han cubierto todo lo imaginable, desde empanadillas hasta armas, parejas interraciales u hormigas anatómicamente incorrectas.. Hay un emoji para casi todo o, al menos, un grupo de presión dispuesto a obtenerlo .

Los emojis a lo largo de la historia

Si bien los emoticonos constituyen una seña de identidad de la era digital, han existido de una u otra forma desde hace mucho tiempo. Como en todo debate sobre hechos históricos, existen varios candidatos que se disputan el título de «primer emoji de la historia». Algunos argumentan que las pinturas rupestres y los jeroglíficos son versiones primitivas de los emojis, mientras que otros opinan que el primer emoticón fue una cara guiñando un ojo que apareció en una transcripción del discurso de Abrahám Lincoln del año 1862, aunque es más probable que se tratara de un error tipográfico que de un comentario peculiar o pícaro del entonces presidente de Estados Unidos.

El primer ejemplo incuestionable se remonta a 1881, cuando la revista irónica Puck publicó cuatro emoticones de «Estudios sobre pasiones y emociones»: alegría, melancolía, indiferencia y asombro. En aquel momento, se les llamaba arte tipográfico, pero pronto llegarían a ser conocidos como algo completamente distinto.

En 1982, el ingeniero informático Scott Fahlman propuso que : -) y : – (se usaran para diferenciar los mensajes serios de los de broma en el tablón de anuncios de Carnegie Mellon. Él ya lo intuía.

La conversación hablada es mucho más que un simple intercambio de palabras. Una subida de cejas, una inclinación de cabeza, un cruce de brazos, una sonrisa irónica, una entonación cariñosa… Todos estos gestos funcionan como metadatos que ofrecen información adicional acerca de la intención del hablante. Al escribir un mensaje, hay mucho más margen para las ambigüedades y los malentendidos. Los emoticones acuden al rescate. Son materializaciones digitales de nuestro lenguaje no verbal que sirven para ofrecernos un poco de contexto.

Los emoticones han tenido tanto éxito porque son enormemente expresivos. Incluso cuando se reducen a su forma más simple, tienen un gran efecto. Y, por supuesto, la llegada de la tecnología informática impulsó enormemente esta forma de comunicación visual entre un público internacional.

Después del auge de los emoticones, la idea fue un paso más allá con la creación de los emojis. Los emojis fueron inventados por Shigetaka Kurita, un diseñador del operador de telefonía móvil más importante de Japón, NTT DoCoMo. Deben su nombre a la combinación de «e» (絵, «imagen») y «moji» (文字, «carácter escrito»), que se traduce literalmente como «pictograma».

El operador introdujo un simple botón con forma de corazón en la parte inferior de sus buscas, un elemento que fue muy bien recibido y al que pronto siguieron 176 emojis más, que fueron adquiridos recientemente por el Museo de Arte Moderno de Nueva York para su colección permanente. A medida que crecía la popularidad de los emojis, las empresas competidoras y los creadores se apresuraron a diseñar los suyos propios, de forma que el catálogo se amplió rápidamente y de forma algo incontrolable con iconos diseñados para satisfacer a subculturas de todo tipo.

The revolution will be emojified: striving for truly representative emoji

La debacle de Unicode

Al principio, el intercambio de emojis era un caos. Si se enviaban a personas con dispositivos diferentes, estas no podían verlos, ya que los dispositivos de la competencia no podían traducir el código divergente que los representaba.

Pero todo esto cambió rápidamente, ya que, en el 2000, el ingeniero Graham Asher sugirió que el consorcio Unicode, una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo principal es desarrollar y mantener el estándar Unicode, incluyera los emojis en el apartado de símbolos. El estándar Unicode utiliza un sistema de codificación de caracteres que asigna números a letras y caracteres, lo que permite que se puedan entender los caracteres del ordenador en cualquier plataforma, dispositivo o idioma que se utilice.

No mucho después, en el 2006, el especialista en procesamiento de textos de software, así como cofundador y presidente de Unicode, Mark Davis, comenzó a trabajar junto con sus compañeros de Google en la conversión de los emojis japoneses a Unicode. Esto condujo, según el propio informe de Unicode, al desarrollo de tablas de asignación internas para poder representar los emojis mediante caracteres Unicode.

Como es natural, se formaron comités técnicos, así como sus consiguientes subcomités, y, en el 2009, se habían asignado identificadores numéricos a 722 emojis. En el 2010, se asignaron 608 más. El primer paraguas con gotas de lluvia, la primera guindilla, la primera berenjena juguetona... Sin embargo, a medida que aumentó la popularidad de los emojis y se incrementó su demanda, también lo hicieron las críticas.

El consorcio Unicode está subvencionado exclusivamente por donativos y cuotas de afiliación de diversos tipos. Lógicamente, solo unos pocos pagan la cuota anual de 18 000 $ que permite ser miembro de pleno derecho, entre ellos, grandes empresas tecnológicas como Google, Apple, Adobe o Facebook . Pero resulta quizá más sorprendente que el Ministerio de Legados y Asuntos Religiosos del sultanato de Omán también lo haga. Como es de esperar, no pagan esa cantidad de dinero porque sean generosos, sino porque tienen un enorme interés en estandarizar la comunicación digital. Ser miembro de pleno derecho da derecho a votar cambios en el estándar y, en consecuencia, a decidir qué emojis terminan añadiéndose al léxico. Y de ahí procede la queja de Emojination. No está en nuestras manos, las manos del pueblo. Está en manos de unos pocos privilegiados. Y, casualmente o no, muchas de esas manos pertenecen a hombres blancos estadounidenses con conocimientos tecnológicos, los cuales no representan exactamente la diversidad existente en el mundo.

Más allá del amarillo

Cuando los emojis aparecieron por primera vez, todos los tonos de piel de las caras y de los gestos de las manos eran, por defecto, del mismo color amarillo que tienen los personajes de los Simpson. Pero, dado que las diferentes culturas se representaban por banderas, alimentos, símbolos y objetos, ¿por qué los tonos de piel de los emojis no reflejaban también las diferentes etnias?

En el 2015, el consorcio Unicode añadió marcadores de tono de piel a algunos emojis utilizando la escala de color de piel de seis niveles de Fitzpack. Pronto surgió la preocupación de un posible uso racista de los emojis con tonos de piel más oscuros. De hecho, ha habido casos de personas blancas que utilizaban emojis con piel más oscura, el llamado fenómeno «Emoji Blackface ». Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Edimburgo probó que, en general, los nuevos tonos de piel han contribuido a crear un ambiente más positivo y diverso en la red.

El movimiento para diversificar los emojis tuvo un origen político y, de repente, se hizo muy claro y muy fuerte. Si las diferentes etnias aparecían reflejadas, ¿por qué no se representaban también los diferentes géneros, sexualidades y culturas? ¿Por qué todos los profesionales (trabajadores de la construcción, médicos o agentes de policía) eran hombres? ¿Por qué había varios iconos de sushi, pero ninguno de comida india? ¿Por qué había una bandera israelí, pero no una palestina? Cuando la estupefacción se convirtió en animosidad, todos los ojos se dirigieron al consorcio Unicode en busca de respuestas.

El consorcio, sin embargo, no las tenía. La mayor parte del trabajo técnico lo realizan voluntarios, algunos de ellos especializados en el procesamiento de textos o en la codificación de caracteres, otros en lingüística, pero todos ellos sin preparación y, francamente, sin la obligación de tener que lidiar con la repentina atención de los medios y los complejos problemas sociopolíticos.

En una entrevista concedida a The New York Times, Ken Whistler, director técnico del consorcio Unicode con un doctorado en Lingüística, explicó:

«Podemos pasarnos horas discutiendo sobre un emoji que represente unos palillos, pero luego nadie presta atención a lo que necesita Nepal, a lo que los nepalíes utilizan para escribir su idioma. Esa es mi principal preocupación: los emojis absorben toda la atención, tanto del comité como de personas clave con otras responsabilidades».

Cada año, se proponen más de 100 emojis nuevos al consorcio, pero se emplea mucho tiempo en aprobarlos, hasta dos años. Durante este proceso, se descartan automáticamente, por poner algunos ejemplos, las marcas, las deidades específicas o las ideas que pueden representarse por emojis que ya existen. Cada propuesta debe seguir las meticulosas directrices de Unicode antes de ser examinada por el subcomité, votada por sus miembros y, finalmente, publicada.

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Una nueva lengua franca

En los últimos años, los emojis han logrado (prácticamente) una aceptación universal, especialmente entre la población más joven. Por este motivo, los lingüistas y otras personas han predicho rápidamente un nuevo apocalipsis lingüístico.

¿Evolucionarán los emojis hasta convertirse en un nuevo idioma universal? ¿Tendrán alguna vez la capacidad suficiente para comunicar todas nuestras ideas y emociones? Y, para horror de los puristas del lenguaje, que todavía los ven como productos inmaduros de mentes moralmente corruptas: ¿alguna vez reemplazarán a la palabra escrita?

En lo que a futurología se refiere, un poco de perspectiva nunca viene mal. Hoy en día, los emojis van de la mano de las palabras escritas, de la misma forma que los gestos o las diferentes entonaciones acompañan a los humanos cuando hablan y les permiten enfatizar aquello que quieren expresar. Por el momento, tienen únicamente un papel auxiliar. Incluso cuando escribimos una línea de emojis para contar una historia, los grupos de emojis utilizados tienden a tener significados fijos, de una forma muy parecida a lo que ocurre con una expresión o un cliché en el lenguaje hablado.

Aunque el 92 % de los usuarios de internet utilizan emojis, estos no tienen gramática, un componente esencial en todos los idiomas naturales.

La utilización de cadenas de emojis más complejas que muestran alguna versión de sintaxis puede parecer una evidencia del desarrollo de un sistema gramatical. Pero, incluso en ese caso, los emojis no pueden considerarse un idioma, explican la psicolingüista Susan Goldin-Meadow y sus compañeros. Otras formas de expresión no lingüística, como los cómics, presentan propiedades similares, pero a pocas personas les preocupa que algún día reemplacen a las formas convencionales de lenguaje.

Por el pueblo y para el pueblo

Desde que DoCoMo lanzó los emojis, a finales de los 90, estos han estado presentes de forma constante en nuestra comunicación y han calado hondo en la cultura popular. En el 2015, el Oxford Dictionary seleccionó por primera vez un pictograma como palabra del año: 😂. En el 2016, Emojination celebró el primer evento dedicado exclusivamente a los emojis. En él, se reunieron más de 1000 artistas, programadores y aficionados de todo el mundo.

A medida que los fundadores de Emojination, Jeanne Brooks, Jennifer 8. Lee y Yiying Lu, desafían el statu quo del léxico de emojis, nos damos cuenta de por qué su afán por democratizarlos es importante. Son algo más que simples iconos de nuestros teléfonos. Nos obligan a enfrentarnos a la complejidad de nuestro lenguaje y a nuestros prejuicios, que tenemos profundamente arraigados. Los utiliza la Casa Blanca. Incluso nos han brindado traducciones de importantes clásicos literarios en una divertida iniciativa que, sin embargo, se ha descrito como «asombrosamente inútil». Expresan por igual preocupaciones banales o intelectuales, cubriendo la distancia que existe entre lo que vas a cenar y los asuntos políticos por los que deseas luchar.

Son deliciosamente sencillos. Son sorprendentemente complejos. Y son para todos.