Lo dices mejor cuando no dices nada

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Artwork by Nicolau

Paula y Eduardo se conocieron en la facultad de estudios marítimos. Ella tenía 19 años, y él era un año mayor que ella. Ambos se especializaron en Ingeniería Electrotécnica y Telecomunicaciones. Se pasaban casi todo el tiempo juntos y hacían lo que suelen hacer los universitarios: pasar el rato en la cafetería a la que solían ir los estudiantes y acudir a bailes. Pero, después de graduarse, ambos encontraron trabajo como responsables de comunicaciones en barcos diferentes.

Los años iban pasando, primero dos, luego tres, después seis… y la pareja solo se veía cuando regresaban a tierra firme. Paula traía pequeños recuerdos de cada uno de los lugares que visitaba durante sus viajes. Eduardo, por su parte, que era un aficionado a la observación de aves, se trajo loros azules de Guinea Ecuatorial.

Mientras estaban embarcados, la pareja se mantenía en contacto, y querían hablar en privado. El uso de los teléfonos móviles aún no estaba generalizado, y cualquier miembro de la tripulación podía escuchar lo que se decía por el teléfono de a bordo. Paula y Eduardo tuvieron que idear una solución creativa. Recurrieron a lo que tenían a mano: su conocimiento del código morse y una señal de radio.

Y así, durante meses, intercambiaron mensajes de amor codificados mediante puntos y guiones e indescifrables para el oído no entrenado.

El propio Samuel F. B. Morse desarrolló su famoso código como un medio para poder comunicarse a larga distancia de forma rápida. Su motivación, sin embargo, no fue el amor. Fue algo mucho más triste.

Antes de ser conocido como inventor, Morse fue un destacado artista, famoso por pintar retratos de políticos estadounidenses, incluidos los presidentes John Adams y James Monroe. Morse se encontraba en Washington, trabajando en un retrato del marqués de La Fayette, cuando recibió la noticia de que su esposa había caído gravemente enferma. Regresó de inmediato a New Haven, pero, cuando llegó, su esposa había fallecido. Es más, llevaba ya varios días enterrada.

Morse se dio cuenta de que las cartas no eran una forma adecuada de enviar mensajes urgentes que exigiesen tomar medidas inmediatas. Se propuso resolver este problema. En 1837, desarrolló y patentó un telégrafo eléctrico que, en sí mismo, se basaba en una tecnología sencilla. En un extremo, había una batería y un interruptor, y en el otro, un electroimán. Al presionar el interruptor, una corriente eléctrica se transmitía por un cable y activaba un interruptor electromagnético que producía un clic. Pero los clics no servían para nada si no se les podía atribuir ningún significado. Así que, durante seis años, Morse trabajó en un código estándar que atribuía a cada letra del alfabeto una combinación de clics más cortos (puntos) y clics más largos (guiones).

En 1844, después de que el Congreso de EE. UU. invirtiese 30 000 dólares en conectar Washington D. C. y Baltimore mediante cables, Morse envió el primer mensaje en el código que lleva su nombre. La frase bíblica «¿qué ha hecho Dios?» viajó de una ciudad a otra en cuestión de minutos, y fue la primera vez en la historia que un mensaje se transmitió a una distancia tan larga casi instantáneamente.

Unos años más tarde, la aparición de la radio permitió el desarrollo de la telegrafía inalámbrica. Los puntos y guiones se convirtieron en sonidos audibles, eliminando la necesidad de una conexión por cable entre el remitente y el receptor.

Antes de Morse, muchos otros intentaron salvar las distancias en la comunicación transformando las palabras en mensajes no verbales. Las señales de humo, por ejemplo, son una de las formas más antiguas de comunicación visual. Los primeros registros de su utilización se remontan al año 200 a. C., cuando se empleaban para enviar mensajes a lo largo de la Gran Muralla China. Las ondas de radio o los electroimanes ni siquiera eran imaginables en ese momento. Así, de un modo muy semejante a como nuestros marineros enamorados se dieron cuenta de que podían utilizar el material disponible para comunicarse entre sí, los soldados chinos descubrieron que podían utilizar el fuego y el humo para advertir a otros soldados de ataques enemigos inminentes, incluso aunque se encontraran a kilómetros de distancia.

Al otro lado del océano Pacífico, los nativos americanos también recurrieron al fuego y a las mantas para enviar mensajes en forma de bocanadas de humo a los miembros de otras tribus distantes. A pesar de que dichas señales eran visibles para cualquiera que se encontrase en esa zona, no había peligro de que los mensajes fuesen interceptados por otras tribus, ya que cada una de ellas tenía su propio código predeterminado de formas y tamaños para representar distintas palabras o frases.

El tambor también se utilizaba como método de comunicación no verbal, solo que los mensajes consistían en sonidos en lugar de en señales visuales. Se usaban más en África y tenían el mismo propósito que las señales de humo, intercambiar información entre aldeas. El sonido de los tambores podía escucharse desde una distancia de ocho kilómetros.

Ambas formas de comunicación no verbal tienen una serie de limitaciones obvias. Las señales de humo, por ejemplo, exigen que el punto A pueda verse desde el punto B y viceversa. En cuanto al sonido, solo es inteligible en entornos silenciosos y depende mucho del viento, que puede llevarlo en una dirección completamente diferente a la que se pretendía inicialmente.

En la actualidad, estos métodos pueden parecer arcaicos, aunque aún se utilizan en determinados contextos tradicionales. Por ejemplo, las señales de humo son el método utilizado para indicar el momento en el cual se ha completado una nueva ronda de votaciones en el cónclave papal, así como para informar acerca de los resultados. Sale humo negro de la chimenea situada en la parte superior de la Capilla Sixtina para informar de que es necesario hacer una nueva votación, y blanco para anunciar que se ha elegido al nuevo Papa.

En un pueblo de los montes Pónticos de Tuquía, los agricultores aún se comunican a distancia mediante silbidos, un lenguaje que se ha denominado «lengua de los pájaros». Esta forma de comunicación silbada toma el vocabulario turco completo y lo convierte en diferentes tonos y líneas melódicas. Durante siglos, ha permitido la comunicación de comunidades que habitan en la provincia de Giresun a largas distancias que la voz humana no es capaz de cubrir.

Aún quedan unas 10 000 personas en esta región que hablan la lengua de los pájaros, pero el uso de los teléfonos móviles la ha puesto en grave peligro de desaparición. Ha habido iniciativas para preservarla, como el Festival Anual de Lengua, la Cultura y el Arte de los Pájaros, que reúne a personas para practicar esta lengua, competir entre ellas y atraer la atención de los visitantes. En 2017, también se incluyó en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Esta amplia gama de métodos refleja el hecho de que el 60-90 % de la comunicación humana es no verbal. Además del código morse, las señales de humo, los silbidos y los sonidos de tambor, existen otras formas de comunicación no verbal que utilizamos a diario sin ni siquiera darnos cuenta. Algunas de ellas serían las expresiones faciales, el contacto visual, la postura y los gestos con las manos. El lenguaje corporal (cruzarse de brazos o mirar hacia abajo cuando se habla) puede revelar cosas o atribuir un significado diferente a tus palabras, independientemente de lo que elijas verbalizar.

Además de las palabras que utilizamos, también está la forma que tenemos de decir las cosas. Los lingüistas llaman a esto paralingüística, que abarca nuestro tono de voz, lo alto o lo bajo que hablamos, las pausas más cortas o más largas que hacemos e incluso los «aaah», los «oooh» y todos los demás sonidos que hacemos para indicar a nuestro interlocutor que le entendemos. Todo ello puede modificar el significado de las palabras para transmitir confianza, alegría, ira, sarcasmo o cualquier otro sentimiento.

Incluso cuando no hay una distancias que salvar ni mensajes que ocultar a los enemigos o a oídos indiscretos, los elementos no verbales constituyen una parte innegable de la comunicación humana. A pesar de que la tecnología ha hecho posible enviar palabras de un lado a otro a través de diversos dispositivos y plataformas, los métodos clásicos de comunicación no verbal aún son útiles en ciertas circunstancias.

Quién sabe, incluso pueden llegar a salvar una relación del silencio total cuando una o ambas partes se encuentran en mitad del océano, en la cima de una montaña aislada o en cualquier otro lugar donde haya amor pero no cobertura de móvil.

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